El error más caro del emprendimiento temprano
Hay un patrón que se repite en la historia de las startups que fallaron con suficiente consistencia como para que tenga nombre. Se llama «construir algo que nadie quiere», y es la causa más frecuente de muerte de startups según prácticamente todos los estudios sobre el tema. Un análisis de CB Insights que examinó las razones detrás del fracaso de más de cien startups encontró que el 42% identificó «no había necesidad del mercado» como uno de los factores principales. No falta de dinero. No el equipo equivocado. No la competencia. La ausencia de demanda real por lo que se construyó.
Lo que hace que ese error sea tan frecuente es que es difícil de detectar mientras se comete porque la señal de que algo está saliendo mal llega muy tarde. Construir un producto toma meses. El proceso de construction absorbe la atención del fundador de maneras que dejan poco espacio para preguntar si lo que se está construyendo es lo que el mercado necesita. Y cuando el producto está terminado y se sale a vender, es entonces cuando la retroalimentación real llega. Para entonces, ya se invirtieron meses de trabajo y frecuentemente miles de dólares en algo que puede necesitar cambiar de manera fundamental.
La validación, el proceso de verificar que hay demanda real antes de construir, existe exactamente para resolver ese problema. No para eliminar la incertidumbre, porque ningún proceso de validación puede garantizar el éxito. Sino para reducirla significativamente antes de invertir los recursos más difíciles de recuperar: el tiempo de construcción y el capital.
El origen de este principio en la práctica moderna del emprendimiento se atribuye principalmente al trabajo de Eric Ries, quien en su libro The Lean Startup sistematizó la idea de que las startups operan en un ambiente de incertidumbre extrema y que la respuesta correcta a esa incertidumbre no es planificar más sino aprender más rápido. El proceso de aprendizaje que propone, construir el mínimo producto viable, medir la respuesta real, y aprender de esa medición, es una formalización de algo que los mejores emprendedores habían estado haciendo de manera intuitiva mucho antes de que existiera ese vocabulario.
Lo que muchos emprendedores hacen con ese principio, sin embargo, es mal aplicarlo. Lo toman como permiso para construir algo rápido y lanzarlo, cuando el principio real es diferente: antes de construir cualquier cosa, verificar que hay alguien que quiere pagar por ello. La construcción, aunque sea mínima, viene después de esa verificación, no como substituto de ella.
«El producto más eficiente que puedes construir es el que sabes de antemano que alguien quiere comprar. Todo lo demás es construcción de hipótesis que el mercado eventualmente va a evaluar de todas formas. La diferencia es cuándo prefieres recibir esa evaluación: antes de construir o después.»
Las validaciones que no validan nada
Hay formas de validación que producen una sensación de avance sin producir la información que la validación debería proveer. Conocerlas es importante porque son las más comunes y las más seductoras, precisamente porque son cómodas de hacer y porque producen señales que parecen positivas.
La primera validación falsa es la encuesta de intención. Preguntar a personas si usarían o comprarían algo hipotético produce respuestas que no tienen ningún valor predictivo real sobre si lo van a usar o comprar cuando exista. Las personas son generosas con su intención declarada porque no cuesta nada declararla. La misma persona que le dice «sí, yo definitivamente usaría eso» en una encuesta puede no recordar el producto seis meses después cuando esté disponible. La intención no tiene costo, y sin costo no hay señal confiable.
La segunda validación falsa es la retroalimentación positiva de personas que te quieren. La familia, los amigos, los colegas que te aprecian van a tendear hacia la validación de lo que les presentas porque decirte que algo que te emociona no va a funcionar tiene un costo social que muchas personas prefieren no pagar. Esa retroalimentación no es inútil, pero no puede tomarse como evidencia de demanda de mercado porque las motivaciones de quien la da están contaminadas por la relación que tienen contigo.
La tercera validación falsa es el tráfico o los seguidores sin conversión. Tener muchas personas que visitan el sitio web, que siguen la cuenta de redes sociales, o que se inscriben a la lista de correo no valida que hay disposición a pagar. La atención es barata. El pago es lo que no lo es. Un negocio de cien personas que pagan es más sólido que uno de diez mil que siguen pero ninguna compra, independientemente de cómo se vean las métricas en el dashboard.
La cuarta validación falsa es la cobertura de prensa. Conseguir que un medio escriba sobre el producto se siente como validación porque implica que alguien de afuera lo consideró digno de atención. Pero los periodistas escriben sobre lo que es interesante, no sobre lo que va a tener éxito comercial. Hay startups con cobertura masiva que fracasaron precisamente porque la atención mediática sustituyó al trabajo de entender si había demanda real.
«Las validaciones que no cuestan nada al que las da no valen nada para quien las recibe. El umbral mínimo de una validación que dice algo sobre el mercado es que quien la da tuvo que tomar una decisión real con algún costo real: su tiempo, su dinero, su credibilidad.»
Las validaciones que sí funcionan
Si las validaciones falsas no funcionan, la pregunta es qué sí funciona. La respuesta tiene una característica común: las validaciones reales involucran algún tipo de compromiso real de parte del potencial cliente, que es costoso para él de alguna manera que la expresión de interés o de intención no lo es.
La primera validación real es el pago anticipado. Si puedes conseguir que alguien pague por algo antes de que exista, ya sea en forma de pre-venta, de anticipo o de acceso temprano a un precio especial, tienes evidencia directa de disposición a pagar. Eso no requiere que el producto esté terminado. Puede ser una landing page con un botón de compra que lleva a una lista de espera. Si las personas hacen clic en comprar y dejan sus datos para ser notificadas, eso es una señal considerablemente más fuerte que un «sí» en una encuesta.
El método de Buttón de Compra Falso, aunque suena a engaño, en su versión ética no lo es: se presenta claramente que el producto está en desarrollo y que la compra es una reserva o una expresión de interés que se procesará cuando esté disponible. Lo que mide es la disposición activa de las personas a dar sus datos de pago, que requiere un nivel de compromiso significativamente mayor que completar una encuesta.
La segunda validación real es la carta de intención o el contrato preliminar. En contextos B2B, conseguir que un potencial cliente firme una carta de intención que describe lo que compraría y a qué precio, aunque sin compromiso legal completo, es una señal significativamente más fuerte que su expresión verbal de interés. La firma requiere un nivel de seriedad que la conversación no requiere.
La tercera validación real es el experimento de Concierge: ofrecer manualmente el servicio que eventualmente el producto automatizará, y cobrar por él. Si el problema que el producto resolve es real y la solución es valiosa, la gente pagará por la versión manual antes de que exista la automatizada. Esta validación es especialmente útil porque no solo valida la disposición a pagar sino que también produce el aprendizaje más profundo disponible sobre cómo el cliente usa la solución, que es exactamente la información que determina qué construir.
La cuarta validación real es el uso activo sin incentivo externo. Si produces una versión mínima del producto, la distribuyes sin presión y sin descuento excesivo, y hay personas que la usan de manera repetida sin que nadie les pida que lo hagan, eso es evidencia de valor genuino. El uso repetido sin incentivo externo es una señal particularmente confiable porque es un comportamiento que tiene costo, el tiempo del usuario, y que se repite solo si el valor percibido justifica ese costo.
«La validación real se mide en comportamientos, no en opiniones. Lo que la gente dice que haría y lo que hace cuando tiene la opción de hacerlo son dos cosas diferentes, y solo la segunda dice algo confiable sobre el mercado.»
Cuánto validar antes de construir
Hay una versión del principio de validación que, llevada al extremo, produce parálisis: la idea de que hay que validar todo antes de construir cualquier cosa. Esa versión tiene el mismo problema que su opuesto: aplicada sin criterio, retrasa el aprendizaje que solo puede ocurrir a través del producto real.
La cantidad de validación correcta antes de construir depende del costo de la construcción. Para un producto digital que un desarrollador puede construir en semanas, el umbral de validación antes de empezar a construir puede ser relativamente bajo: unas pocas señales de demanda real son suficientes para justificar una versión mínima. Para un producto físico que requiere meses de ingeniería y un capital significativo, el umbral tiene que ser considerablemente más alto antes de comprometer esos recursos.
El principio que orienta esa decisión es el de la apuesta mínima: ¿cuál es la mínima inversión de tiempo y dinero que produce la máxima cantidad de aprendizaje sobre si la demanda es real? Esa pregunta, hecha honestamente, produce una secuencia de pasos donde cada uno invierte lo mínimo necesario para responder la pregunta más importante del momento.
También hay que mencionar que la validación excesiva puede ser una forma de procrastinación. Hay fundadores que usan la validación como excusa para no construir, que siguen haciendo entrevistas y experimentos porque construir implica comprometerse con algo específico que puede fallar. Si llevas meses validando y la señal que tienes es suficientemente positiva para justificar el siguiente paso, el problema ya no es la validación. Es el miedo a construir, que es un problema diferente que no se resuelve con más validación.
La validación antes de construir no garantiza el éxito. Ningún proceso lo hace. Lo que garantiza es que la inversión en construcción se hace con información real sobre la demanda en lugar de con la esperanza de que la demanda exista. Y esa diferencia, entre construir con evidencia y construir con esperanza, es suficientemente grande como para que valga la pena el trabajo de validar.
«No construyas para descubrir si alguien quiere lo que construiste. Valida para descubrir qué construir. Esa diferencia de secuencia puede ahorrarte meses de trabajo y ponerte en un lugar mucho mejor para construir lo que el mercado realmente necesita.»