Salir del hoyo — Lebo
Salir del hoyo
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Capítulo 1 de 4

Cómo es el hoyo desde adentro

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Hay una característica del sufrimiento profundo que lo hace especialmente difícil de describir a quien no lo ha experimentado: desde adentro, parece permanente. No en el sentido de que la persona crea racionalmente que nunca va a terminar, sino en el sentido de que la experiencia no tiene la textura de algo temporal. Se siente como el estado, no como un estado. Como si el sistema emocional hubiera perdido la memoria de que existió alguna vez algo diferente y la capacidad de imaginar que podría existir de nuevo.

Esa sensación de permanencia, que es uno de los rasgos más característicos de los períodos de sufrimiento profundo ya sea depresión clínica, duelo severo, o crisis aguda de cualquier tipo, es también uno de los obstáculos más poderosos para salir. Porque si el estado parece permanente, si no hay ninguna experiencia interna de que pueda ser diferente, la motivación para hacer lo que se necesita hacer para que sea diferente se debilita de manera sustancial. ¿Para qué esforzarse si esto es simplemente cómo es?

También hay que entender que desde adentro del hoyo los recursos cognitivos están comprometidos de maneras que el pensamiento ordinario no está. La capacidad de tomar decisiones, de concentrarse, de ver opciones y de evaluar posibilidades está reducida precisamente cuando más se la necesita. El hoyo no solo produce sufrimiento: produce una reducción de la capacidad de salir de él, lo que hace que la salida requiera más de lo que requeriría en condiciones ordinarias.

💡 La dificultad de salir del hoyo no es debilidad de carácter ni falta de voluntad. Es el resultado de que el estado mismo compromete exactamente los recursos que se necesitan para superarlo. Entender eso cambia la evaluación de lo que se puede esperar de uno mismo en ese estado y lo que tiene sentido pedirle a los demás.

Hay también una dimensión de vergüenza que opera desde adentro del hoyo y que merece nombrarse. La cultura que valora la resiliencia y la capacidad de sobreponerse a las dificultades produce, en las personas que están en el hoyo, una capa adicional de sufrimiento: la vergüenza de estar ahí. La sensación de que debería estar mejor, de que la duración del sufrimiento es evidencia de un defecto personal, de que las personas a su alrededor están manejando sus vidas de manera más efectiva. Esa vergüenza, además de ser dolorosa en sí misma, produce el aislamiento que hace que el hoyo sea más profundo y más difícil de salir.

Lo que la investigación sobre recuperación del sufrimiento profundo muestra de manera consistente es que la salida no se parece a lo que la narrativa popular sugiere. No es lineal. No tiene el arco claro de la oscuridad hacia la luz. Tiene recaídas, días que parecen buenos seguidos de días que parecen peores que el punto de partida, progresos que se sienten insignificantes desde adentro aunque sean reales, y momentos en que la salida parece imposible aunque esté ocurriendo.

«Desde adentro del hoyo, el progreso no se siente como progreso. Se siente como sobrevivir el día. Y sobrevivir el día, cuando el día es así de difícil, es exactamente lo que el progreso tiene que ser.»
Capítulo 2 de 4

Lo que no te dijeron sobre cómo se sale

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La narrativa popular sobre superar períodos de sufrimiento profundo tiende hacia la simplificación: hay que buscar ayuda, hay que hacer ejercicio, hay que rodearse de personas positivas, hay que pensar diferente. Todo eso tiene algo de verdad. Y todo eso ignora algo igualmente verdadero sobre cómo funciona realmente el proceso.

La primera cosa que no se dice es que empeorar antes de mejorar es parte del proceso en muchos casos. Cuando alguien empieza terapia, cuando empieza a abrir lo que había mantenido cerrado, cuando empieza a examinar lo que había evitado examinar, con frecuencia hay un período inicial en que las cosas se sienten peores. No porque el proceso esté fallando sino porque examinar algo doloroso duele antes de sanar. Esa fase, si no se anticipa, puede hacer que la persona abandone exactamente cuando el proceso está comenzando a producir algo.

La segunda cosa que no se dice es que el cambio es más lento de lo que casi todo el mundo espera. Las personas que salen de períodos de sufrimiento profundo frecuentemente no tienen un momento claro en que todo cambió. Lo que tienen es la percepción retrospectiva, meses después, de que en algún momento las cosas empezaron a ser ligeramente menos difíciles, y que eso fue el comienzo aunque no se pareciera en nada a un comienzo mientras ocurría.

💡 El cerebro que está en sufrimiento profundo tiene dificultad para detectar mejoras incrementales. Está calibrado para el sufrimiento y tiende a filtrarlo todo a través de ese calibrado. Eso significa que el progreso real puede estar ocurriendo sin que sea perceptible desde adentro. La falta de sensación de mejora no es evidencia de que la mejora no está ocurriendo.

La tercera cosa que no se dice es que las recaídas son parte del proceso, no evidencia de fracaso. La persona que estuvo mejor durante semanas y luego tuvo un día o una semana muy difícil no volvió al punto de partida. Volvió a pasar por una oleada que el proceso de recuperación todavía no ha eliminado completamente, que es diferente. Esas oleadas tienden a hacerse menos frecuentes y menos intensas con el tiempo. Pero mientras ocurren se sienten como retrocesos totales, y esa sensación produce la desesperanza que puede hacer que la persona abandone el proceso cuando más lo necesita.

La cuarta cosa que no se dice es que el trabajo real ocurre fuera de los momentos de intervención. La sesión de terapia semanal, la conversación con alguien de apoyo, la visita al médico: esos momentos son importantes pero representan una fracción pequeña del tiempo total. Lo que determina en gran medida cómo avanza el proceso es lo que ocurre en el resto del tiempo: los hábitos cotidianos, la manera en que se gestiona el pensamiento cuando no hay nadie presente, las pequeñas elecciones de movimiento o de quietud que se toman en los días difíciles.

La quinta cosa que no se dice es que salir del hoyo cambia a la persona que lo atraviesa. No necesariamente de maneras que la persona habría elegido si hubiera podido elegir. Pero de maneras reales. Las personas que atraviesan períodos de sufrimiento profundo y que salen del otro lado frecuentemente tienen acceso a un tipo de comprensión sobre sí mismas y sobre la experiencia humana que las personas que no lo atravesaron no tienen de la misma manera. Eso no hace que el sufrimiento haya valido la pena de manera romántica. Lo hace parte de una historia que tiene más capas de las que tenía antes.

«Salir del hoyo no te devuelve a quien eras antes de entrar. Te convierte en alguien que atravesó eso y que sabe que puede. Eso es diferente. Y en muchos sentidos es más.»
Capítulo 3 de 4

Los pasos pequeños que sí funcionan

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En el sufrimiento profundo, la mayoría de los consejos sobre qué hacer para salir son demasiado grandes para el estado en que se está. «Haz ejercicio», «reconéctate con tus amigos», «busca lo que te da propósito»: todo eso puede ser verdad y completamente inalcanzable al mismo tiempo cuando el estado reduce la capacidad de hacer exactamente esas cosas.

Lo que funciona mejor en los estados de mayor dificultad no son los cambios grandes sino los pasos tan pequeños que parecen insignificantes desde afuera pero que desde adentro del hoyo representan algo real. Ducharse cuando no se tienen ganas. Salir a la calle aunque sea cinco minutos. Comer algo aunque no haya hambre. Responder un mensaje aunque la respuesta sea mínima. Esos pasos pequeños no resuelven el problema. Pero mantienen al sistema en movimiento de una manera que el colapso total no permite, y ese movimiento es la condición para que pasos más grandes sean eventualmente posibles.

La investigación sobre comportamiento y estado de ánimo muestra algo que es contraintuitivo pero bien documentado: el movimiento precede a la motivación, no al revés. Las personas en sufrimiento profundo frecuentemente esperan sentirse mejor para hacer las cosas que las harían sentir mejor. Pero el mecanismo funciona en la dirección opuesta: hacer las cosas, aunque sea sin ninguna motivación, produce el cambio en el estado que la motivación no puede producir mientras se espera.

💡 No tienes que querer hacerlo para hacerlo. Tienes que hacerlo para eventualmente querer hacerlo. Esa inversión de la secuencia esperada es uno de los principios más útiles disponibles para los períodos en que el sistema emocional no está produciendo motivación de manera natural.

También hay algo que vale decir sobre la estructura. Los períodos de sufrimiento profundo desestructuran el tiempo de maneras que profundizan el sufrimiento: sin rutina, sin compromisos que den forma al día, el tiempo se vuelve amorfo y el pensamiento tiende a circular en los mismos lugares difíciles. Construir estructura mínima, aunque sea la más básica, hora de levantarse, momento de comer, algo concreto que hacer en cierta parte del día, produce un andamiaje que el sistema puede usar para funcionar mientras la recuperación ocurre.

«En el hoyo, el progreso no se mide en logros. Se mide en pasos. Y el paso más pequeño posible, el que mañana parece demasiado insignificante para contarlo, hoy es exactamente el progreso correcto.»
Capítulo 4 de 4

Cuándo la ayuda profesional no es opcional

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Hay una conversación sobre la ayuda profesional en salud mental que merecería ser diferente de lo que es en la mayoría de los contextos culturales. La ayuda profesional, ya sea psicológica o psiquiátrica o ambas, frecuentemente se presenta como el recurso de último caso: cuando todo lo demás falló, cuando la situación es grave, cuando ya no se puede más. Esa presentación tiene consecuencias sobre cuándo la gente busca ayuda, que generalmente es más tarde de lo que habría sido útil.

Hay señales que indican que la ayuda profesional no es opcional sino necesaria, y que buscarla no debe postergarse por más tiempo. La primera es cuando el sufrimiento interfiere de manera sostenida con el funcionamiento cotidiano: el trabajo, las relaciones, el cuidado básico de uno mismo. La segunda es cuando hay pensamientos de hacerse daño o de que estaría mejor no existir, aunque sean fugaces o aunque no haya intención de actuar sobre ellos. La tercera es cuando han pasado semanas o meses y el estado no muestra ninguna tendencia a mejorar por sí solo.

💡 Buscar ayuda profesional cuando se está en el hoyo no es rendirse. Es hacer lo equivalente a ir al médico cuando hay una fractura: la fractura no se va a sanar de manera óptima sola, y esperar a que lo haga no es valentía sino falta de acceso a las herramientas que podrían acelerar y mejorar el proceso de recuperación.

También vale decir algo sobre la relación con el terapeuta o con el profesional de salud mental, porque esa relación es parte del tratamiento de maneras que no siempre se explican. La investigación muestra consistentemente que la calidad de la relación terapéutica es uno de los predictores más sólidos de los resultados del proceso, independientemente de la modalidad específica que se use. Eso significa que si después de varias sesiones la relación no produce la sensación de ser comprendido y de que hay un espacio seguro, cambiar de profesional es una opción legítima que no tiene por qué sentirse como fracasar de nuevo.

Salir del hoyo es posible. No siempre de la manera que se esperaba, no siempre en el tiempo que se esperaba, no siempre al mismo lugar desde el que se entró. Pero es posible. Las personas que lo atravesaron y que están al otro lado no son fundamentalmente diferentes de las que todavía están en él. Son personas que tuvieron acceso a las condiciones, el tiempo, el apoyo, o alguna combinación de los tres, que hicieron que el proceso de salida fuera posible. Y esas condiciones, aunque no siempre sean fáciles de crear, no son inalcanzables.

«Salir del hoyo no requiere que todo mejore de golpe. Requiere que algo mejore lo suficiente como para que el paso siguiente sea posible. Y el paso siguiente no tiene que ser grande. Solo tiene que ser el siguiente.»