El mito de que la inteligencia protege del error
Hay una suposición que opera de manera casi universal en la cultura contemporánea: que las personas más inteligentes, las que tienen mayor capacidad de razonamiento, más educación y más acceso a información, son menos propensas a creer cosas equivocadas. Bajo esa lógica, los errores de creencia son fundamentalmente un problema de déficit cognitivo o informativo: si alguien cree algo falso, es porque no tiene la capacidad o los recursos para evaluar la evidencia correctamente. Darle más información o más herramientas de análisis debería, en consecuencia, corregir esas creencias equivocadas.
La investigación sobre cognición y creencias muestra que esa suposición está equivocada de una manera que resulta incómoda para las personas que se identifican con la inteligencia como virtud. Las personas con mayor capacidad analítica no son menos propensas a creer cosas equivocadas que las personas con menor capacidad analítica. En algunos dominios específicos, son más propensas. Y la razón no es que la inteligencia sea inútil o contraproducente en términos generales, sino que tiene un conjunto de efectos secundarios sobre la cognición que no siempre van en la dirección correcta.
El primer hallazgo relevante viene de la investigación de Dan Kahan, de la Facultad de Derecho de Yale, sobre lo que él llama «razonamiento motivado identitario». En sus experimentos, Kahan presentó a personas con distintos niveles de habilidad matemática un problema de estadística que tenía la misma estructura lógica en dos versiones: una sobre cremas para la piel y otra sobre políticas de control de armas. Cuando el problema era sobre cremas para la piel, las personas con mayor habilidad matemática lo resolvían mejor, como era de esperar. Cuando el problema era sobre armas, las personas con mayor habilidad matemática eran más propensas a resolver el problema de manera que confirmara sus creencias políticas previas sobre el control de armas, independientemente de si esa solución era matemáticamente correcta.
Lo que Kahan y otros investigadores han documentado es que el razonamiento no ocurre en el vacío. Ocurre en el contexto de identidades sociales, afiliaciones grupales y creencias previas que determinan qué conclusiones son aceptables y cuáles son amenazantes. Cuando la evidencia apunta hacia una conclusión que es compatible con la identidad y las afiliaciones de la persona, el razonamiento evalúa esa evidencia con criterios relativamente relajados. Cuando la evidencia apunta hacia una conclusión que amenaza esa identidad o esas afiliaciones, el razonamiento evalúa la evidencia con criterios más exigentes, buscando los defectos en la metodología, las alternativas de interpretación, las fuentes que podrían contradecirla.
El resultado es asimétrico: la misma calidad de evidencia produce diferentes niveles de convicción dependiendo de si la conclusión es cómoda o incómoda. Y lo que hace que la inteligencia sea un factor de riesgo adicional, en lugar de protección, es que las personas con mayor capacidad analítica son más hábiles para ejecutar esa asimetría. Pueden encontrar más defectos en la evidencia que no les gusta, construir argumentos más sofisticados para justificar lo que ya creen, y hacer que su razonamiento motivado parezca, tanto a otros como a sí mismas, como pensamiento crítico riguroso.
«La inteligencia, en lugar de proteger contra el error, puede profundizarlo cuando se aplica al servicio de proteger creencias que tienen valor identitario. El resultado es que las personas más inteligentes con frecuencia tienen las defensas más elaboradas para las creencias equivocadas que más les importan defender.»
Los sesgos que son más frecuentes en personas de alto rendimiento
Más allá del razonamiento motivado, hay un conjunto de sesgos cognitivos específicos que tienden a ser más pronunciados, no menos, en personas con mayor nivel de educación y capacidad analítica. Entender cuáles son y por qué es el primer paso para no caer en ellos de manera inconsciente.
El primero es el sesgo de la coherencia narrativa. Los seres humanos en general prefieren explicaciones que tienen sentido como historia, que son coherentes y que conectan los eventos de manera que parece causal, sobre explicaciones que son estadísticamente más probables pero que son más complicadas o menos elegantes. Las personas con mayor capacidad de construir narrativas, que tienden a ser también las más articuladas y las mejor educadas, son más propensas a este sesgo porque son mejores para construir las narrativas coherentes que el cerebro prefiere. Una teoría que explica todo de manera simple y elegante es más fácil de sostener que una que admite múltiples causas parciales con efectos inciertos.
El segundo sesgo es el efecto Dunning-Kruger en su forma inversa, que es menos conocida que la forma original. La forma original del efecto, la más citada, es que las personas con poco conocimiento en un área tienden a sobrestimar su competencia porque no tienen suficiente conocimiento como para saber lo que no saben. Pero los mismos investigadores, David Dunning y Justin Kruger, documentaron la forma inversa: las personas con alto nivel de conocimiento tienden a subestimar su propia competencia relativa, porque son muy conscientes de todo lo que todavía no saben. Lo que eso produce, en personas de alto rendimiento, es con frecuencia una forma de humildad excesiva sobre sus propias capacidades que convive con una confianza excesiva en sus juicios sobre temas adyacentes a su área de expertise, donde no tienen ese nivel de conciencia de sus propios límites.
El tercero es el sesgo de confirmación, que opera en todo el mundo pero que tiene una forma particular en personas con alta capacidad analítica. En su versión básica, el sesgo de confirmación es la tendencia a buscar, interpretar y recordar información de manera que confirma las creencias previas. En su versión sofisticada, que es la que tienden a exhibir las personas con mayor capacidad de razonamiento, el sesgo opera de manera más sutil: no rechazando abiertamente la información contraria, sino evaluándola con estándares más altos que la información confirmatoria, encontrando sus defectos metodológicos, requiriendo niveles más altos de evidencia para aceptarla. Ese proceso parece, desde afuera y desde adentro, como pensamiento crítico riguroso. Pero es pensamiento crítico aplicado asimétricamente.
El cuarto sesgo es lo que los psicólogos llaman «myside bias» o sesgo del lado propio: la tendencia a generar y evaluar argumentos de manera que favorece la posición propia, independientemente de la evidencia disponible. Keith Stanovich, de la Universidad de Toronto, ha documentado que este sesgo no tiene correlación con las medidas estándar de inteligencia. Las personas con altos coeficientes intelectuales exhiben el sesgo del lado propio en la misma medida que las personas con coeficientes promedio. Lo que sí cambia con la inteligencia es la sofisticación con que se ejecuta el sesgo: los argumentos a favor de la posición propia son más elaborados y más difíciles de refutar.
También está la trampa del conocimiento previo. Las personas con mucho conocimiento en un campo tienden a interpretar la nueva información a través del marco conceptual que ya tienen. Ese marco es útil porque organiza la información y permite procesar más rápidamente. Pero también puede funcionar como filtro que hace que la información que no encaja en el marco parezca menos plausible o menos relevante de lo que es. Las revoluciones conceptuales en la ciencia frecuentemente son resistidas por los expertos más establecidos, no por falta de inteligencia sino porque el conocimiento previo hace más difícil ver las implicaciones de evidencia que contradice los fundamentos del marco existente.
«El conocimiento es simultáneamente lo que hace posible el pensamiento sofisticado y lo que puede impedirle ver lo que está justo enfrente. Ese es el dilema fundamental del experto: sabe suficiente como para pensar con profundidad y suficiente como para no ver lo que el principiante, sin el peso del marco previo, podría ver más fácilmente.»
Cómo la identidad y el grupo amplifican estos efectos
Los sesgos que se describieron en el capítulo anterior operan a nivel individual. Pero tienen una dimensión social que los amplifica considerablemente: la pertenencia a grupos que tienen posiciones establecidas sobre ciertos temas, y el costo social de desviarse de esas posiciones.
Las personas son seres profundamente sociales, y las creencias que tienen tienen consecuencias sobre cómo son percibidas dentro de los grupos a los que pertenecen. Creer ciertas cosas y rechazar otras es parte de la señalización de membresía en un grupo: comunica que uno comparte los valores, las prioridades y la visión del mundo del grupo. Y esa señalización tiene valor real, porque la pertenencia al grupo tiene valor real. Los beneficios sociales de creer lo que el grupo cree y los costos de desviarse de esas creencias crean incentivos poderosos que operan de manera relativamente independiente de la evidencia sobre si esas creencias son correctas.
Este mecanismo opera en todos los grupos, pero tiene características particulares en grupos de alto estatus intelectual. En comunidades académicas, en entornos profesionales de alto nivel, en grupos de personas que se identifican con el pensamiento crítico y el rigor, hay posiciones que funcionan como señales de membresía y otras que funcionan como señales de exclusión. Cuestionar esas posiciones tiene costos que van más allá del argumento intelectual: puede comprometer relaciones, reputación y acceso a recursos que dependen de la pertenencia al grupo. Y eso hace que incluso personas con alto nivel de sofisticación intelectual tiendan a aplicar estándares diferentes de evidencia a las creencias que son normativas en su grupo versus las que las son en grupos diferentes o rivales.
También hay un efecto de «cámara de eco» que se amplifica con la educación. Las personas tienden a rodearse de otras con creencias similares, y en el mundo contemporáneo, la capacidad de seleccionar los medios, las comunidades y las fuentes de información que uno consume permite construir entornos informativos muy homogéneos. Las personas más educadas, que tienen más recursos para hacer esa selección y que son más hábiles para encontrar fuentes de alta calidad dentro de su propio espectro de creencias, pueden construir cámaras de eco más sofisticadas y más difíciles de cuestionar, precisamente porque las fuentes que consumen son técnicamente más rigurosas aunque ideológicamente homogéneas.
El resultado es que personas brillantes que consumen principalmente información de alta calidad producida por personas que comparten sus marcos previos pueden desarrollar creencias muy elaboradas y muy difíciles de cuestionar que sin embargo están sesgadas de maneras que ellas mismas no pueden ver fácilmente desde adentro de ese entorno informativo.
«La cámara de eco más peligrosa no es la de baja calidad intelectual. Es la sofisticada: la que tiene artículos académicos, análisis de alta calidad y discurso riguroso, pero que está tan sesgada en la selección de qué se analiza y desde qué perspectiva, que su rigor interno no compensa su homogeneidad externa.»
Cómo pensar mejor sobre lo que uno cree
El hecho de que la inteligencia no proteja automáticamente contra las creencias equivocadas no significa que no haya nada que hacer. Hay prácticas específicas que sí reducen la probabilidad de sostener creencias equivocadas de manera inconsciente, aunque ninguna de ellas sea fácil de mantener de manera consistente, precisamente porque van contra los incentivos cognitivos y sociales que producen el problema.
La primera práctica es el «acero contrario» al argumento del hombre de paja. El hombre de paja es la versión debilitada del argumento contrario que se refuta fácilmente. El acero contrario es la versión más fuerte posible del argumento con el que uno no está de acuerdo: la que un defensor inteligente y bien informado de esa posición haría. Practicar el acero contrario, buscar activamente los mejores argumentos en contra de lo que uno cree, tiene dos efectos útiles: revela los puntos débiles de la propia posición que el razonamiento motivado oculta, y reduce la tendencia a subestimar la sofisticación de quienes piensan diferente.
La segunda práctica es buscar deliberadamente fuentes que no están de acuerdo con la propia posición y que tienen credibilidad suficiente como para merecer atención. No fuentes de baja calidad que son fáciles de desestimar, sino fuentes que un interlocutor razonable y bien informado consideraría serias, aunque lleguen a conclusiones diferentes. Eso no significa dar igual peso a todas las posiciones: la evidencia no es simétrica y no todas las perspectivas tienen el mismo respaldo. Significa asegurarse de que el conjunto de fuentes que se consume no esté tan sesgado hacia un espectro de conclusiones que el cerebro deje de ver la posibilidad real de que las cosas sean diferentes.
La tercera práctica es separar las creencias del grupo de las creencias propias, lo que requiere hacerse la pregunta incómoda de cuáles de las cosas que uno cree cree por razones propias y cuáles cree principalmente porque son normativas en los grupos a los que pertenece. Esa distinción no es fácil de hacer, porque la pertenencia al grupo es una de las fuentes de las que se obtiene información y perspectiva. Pero hay una diferencia entre creer algo porque se evaluó la evidencia y llegó a esa conclusión, y creer algo porque es lo que creen las personas cuya opinión importa. La segunda forma de creer es más vulnerable al error y más resistente a la corrección.
La cuarta práctica es cultivar lo que la investigadora Kathryn Schulz llama «la experiencia del error»: la capacidad de recordar con suficiente detalle las veces que uno estuvo equivocado sobre algo que le parecía claro, y usar esa memoria como calibración de la confianza actual. Las personas que han experimentado el proceso de creer algo firmemente y luego descubrir que estaban equivocadas tienen más facilidad para mantener sus creencias actuales con el grado apropiado de incertidumbre. Y ese grado apropiado de incertidumbre es lo que hace posible actualizar una creencia cuando aparece evidencia que lo justifica, en lugar de defenderla a pesar de la evidencia.
Finalmente, y tal vez lo más importante, es hacer la paz con la incomodidad de la incertidumbre. Muchas de las creencias equivocadas que se sostienen con más firmeza son las que llenan zonas donde la incertidumbre genuina sería difícil de tolerar. Tener una posición clara sobre algo complicado se siente mejor que admitir que la evidencia no es suficientemente clara para tener una posición firme. Pero esa comodidad de la certeza tiene un precio en precisión, y desarrollar la capacidad de vivir con la incertidumbre apropiada es una de las habilidades intelectuales más valiosas y menos glamorosas que existen.
«La señal más clara de pensamiento honesto no es la confianza en las propias conclusiones. Es la capacidad de articular con precisión cuánta incertidumbre tiene cada una y qué evidencia adicional cambiaría esa evaluación. Esa calibración no se enseña en la mayoría de los entornos educativos, pero es lo que separa el pensamiento que produce creencias precisas del pensamiento que produce creencias sofisticadas.»