Lo que los historiadores no pueden saber — Lebo
Lo que los historiadores no pueden saber
Capítulo 1 de 4 · 14 min restantes
Capítulo 1 de 4

El problema del archivo

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Existe una imagen del trabajo del historiador que es parcialmente correcta y parcialmente engañosa: el investigador paciente en el archivo, leyendo documentos que nadie leyó en décadas, reconstruyendo el pasado con la precisión del detective que ensambla las piezas de un rompecabezas. La imagen es parcialmente correcta porque eso es, en efecto, lo que hacen los historiadores. Es engañosa porque sugiere que el rompecabezas tiene todas sus piezas y que el trabajo consiste en encontrarlas y ensamblarlas.

La realidad es que el archivo es siempre incompleto, y su incompletitud no es aleatoria. Lo que llegó al archivo fue producido por personas con intereses particulares, conservado por instituciones con agendas propias, y filtrado en cada etapa del proceso por criterios que no eran neutrales. Lo que no llegó, lo que fue destruido, perdido, nunca escrito o descartado como irrelevante, forma un universo de información que los historiadores no pueden acceder y que a veces ni siquiera pueden calcular. Y ese universo de información ausente es frecuentemente más grande y más importante que el que está presente.

El historiador Marc Bloch, uno de los fundadores de la escuela de los Annales, que revolucionó la historiografía francesa en el siglo veinte, escribió que el pasado es por definición algo que ya no podemos observar directamente. Lo que los historiadores estudian no es el pasado sino las huellas del pasado: los documentos, los objetos, los monumentos, los paisajes transformados por la actividad humana. Y esas huellas, como cualquier huella, dicen algo sobre lo que ocurrió pero no dicen todo. La diferencia entre el pasado y sus huellas es el espacio donde vive toda la incertidumbre histórica.

💡 Los historiadores no estudian el pasado. Estudian lo que el pasado dejó atrás. Y lo que el pasado dejó atrás es una muestra de sí mismo determinada por factores que no tienen relación con la importancia histórica de lo que se conservó o se perdió. Un documento puede haber sobrevivido porque alguien lo escondió por razones personales. Otro puede haberse perdido porque una biblioteca se incendió. Ninguno de los dos resultados dice nada sobre la importancia de lo que contienen.

La destrucción deliberada de archivos es solo la parte más visible del problema. Los nazis destruyeron documentos en los días finales de la Segunda Guerra Mundial, pero lo que se perdió en esas hogueras es al menos parcialmente recuperable a través de referencias cruzadas en otros documentos, testimonios de sobrevivientes, y registros de otros países. Más difícil de recuperar es lo que nunca fue producido, lo que fue producido pero se transmitió oralmente en lugar de por escrito, lo que fue escrito pero en idiomas que los archivistas posteriores no consideraron importantes, lo que fue conservado pero en condiciones que lo deterioraron hasta hacerlo ilegible.

El caso del incendio de la Biblioteca de Alejandría es el ejemplo clásico de destrucción de conocimiento, aunque los historiadores modernos tienen dudas sobre si realmente existió un evento único y catastrófico o si la pérdida fue gradual. Pero la historia real de la pérdida del conocimiento antiguo es más dispersa y más mundana que la imagen de una única biblioteca ardiendo: fue la acumulación de siglos de deterioro de papiro, de no copiado de textos que nadie consideró importantes en ese momento, de guerras que desplazaron a las comunidades que mantenían tradiciones de aprendizaje, de cambios religiosos que hicieron que ciertos textos parecieran irrelevantes o peligrosos. El resultado es que de la inmensa producción literaria y filosófica de la antigüedad griega, por ejemplo, ha sobrevivido una fracción pequeña, y la selección de lo que sobrevivió no fue determinada por su importancia sino por una combinación de factores que incluyen el azar, la utilidad percibida en distintos momentos históricos, y las preferencias de los copistas medievales que decidieron qué valía la pena transcribir.

«Lo que sabemos de la Grecia antigua es lo que sobrevivió la caída del Imperio Romano, los siglos de la Alta Edad Media, la expansión del islam, la caída de Bizancio y el Renacimiento. En cada uno de esos momentos, algo se perdió y algo se recuperó. Lo que llegó hasta nosotros es el residuo de ese proceso, no una selección representativa de lo que fue.»
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Los sesgos del registro que sí existe

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Incluso si el problema del archivo incompleto pudiera resolverse, quedaría otro igualmente significativo: el registro que sí existe está sesgado de maneras sistemáticas que producen una imagen distorsionada del pasado incluso cuando los historiadores lo usan con rigor. Esos sesgos no son errores que los historiadores cometen sino características estructurales del tipo de documentos que las sociedades del pasado produjeron y conservaron.

El sesgo más fundamental es el de la clase social. Las personas que producían documentos, que sabían escribir, que tenían acceso a los materiales necesarios para la escritura, que tenían la posición social que hacía que sus escritos fueran considerados dignos de conservación, eran una minoría pequeña de la población en prácticamente todas las sociedades premodernas. El resultado es que el registro histórico de esas sociedades está dominado por las perspectivas de las élites: los nobles, los sacerdotes, los funcionarios, los intelectuales. La vida cotidiana de la mayoría de la población, los campesinos, los artesanos, los siervos, los esclavos, está casi completamente ausente del registro directo y solo puede reconstruirse indirectamente, a través de lo que las élites escribieron sobre ellos, lo que sus restos materiales revelan, o lo que la arqueología puede inferir de los patrones de asentamiento y los objetos encontrados.

💡 La historia de las élites no es la historia de las sociedades. Es la historia de las élites. Y durante mucho tiempo, eso fue básicamente todo lo que los historiadores tenían para estudiar. Que haya parecido la historia de las sociedades es más un accidente de quién controlaba el registro que una reflexión de quiénes eran los protagonistas de los eventos históricos.

El sesgo de género es igualmente profundo. En prácticamente todas las sociedades premodernas, las mujeres tenían acceso más restringido a la alfabetización, a los sistemas de archivo, a las instituciones que producían documentos, y al reconocimiento público que hacía que los documentos individuales fueran conservados. El resultado es que la historia de las mujeres en el pasado debe reconstruirse en gran parte a través de documentos producidos por hombres, que las ven desde afuera y frecuentemente desde una perspectiva de control o de idealización que dice más sobre las expectativas masculinas que sobre la experiencia femenina real.

El sesgo de los vencedores, que ya apareció en el mini-libro anterior, opera aquí también pero en una dimensión adicional: no solo se conservaron más los documentos de los que ganaron, sino que los documentos de los que perdieron frecuentemente fueron reinterpretados a través del marco conceptual de los vencedores. Las fuentes que tenemos sobre muchas culturas colonizadas fueron producidas o mediadas por los colonizadores. Las fuentes que tenemos sobre las religiones que el cristianismo o el islam desplazaron frecuentemente las describen desde la perspectiva de quienes las consideraban heréticas o paganas. Y esa mediación cambia fundamentalmente qué tipo de información contienen.

«El archivo no es un espejo del pasado. Es una ventana con vidrio tintado, orientada en una dirección específica, desde una altura específica. Lo que muestra es real. Pero lo que está fuera del marco de la ventana, lo que el tinte oscurece, y lo que está debajo del ángulo de visión no aparece, aunque sea igualmente real.»
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Lo que eso significa para las certezas históricas

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Si el registro histórico es incompleto y sesgado de las maneras descritas, la pregunta que sigue es cuánto de lo que se afirma con seguridad sobre el pasado sigue siendo sostenible cuando se tiene en cuenta esa incompletitud y ese sesgo. La respuesta, incómoda pero importante, es que menos de lo que la mayoría de las afirmaciones históricas populares sugieren.

Hay distintos tipos de conocimiento histórico con distintos niveles de certeza. Algunos eventos históricos están tan bien documentados por fuentes independientes, contemporáneas y diversas en su perspectiva que el nivel de certeza sobre su ocurrencia y sus características principales es muy alto. La existencia de la Segunda Guerra Mundial, las fechas de sus principales eventos, los nombres de los líderes involucrados: ese tipo de conocimiento histórico es muy sólido. Pero a medida que se avanza hacia interpretaciones de por qué los eventos ocurrieron, cuáles fueron sus causas profundas, quiénes fueron los agentes centrales y cuál fue la experiencia de los distintos grupos involucrados, la certeza disminuye de manera que rara vez queda reflejada en la confianza con que esas interpretaciones se presentan.

💡 Las fechas y los nombres son historia. Las causas y las interpretaciones son historiografía: el intento de los historiadores de dar sentido a los hechos a través de marcos conceptuales que son inevitablemente influidos por el presente en que se construyen. La confusión entre ambas produce una confianza en las interpretaciones históricas que los hechos solos no justifican.

El presentismo, la tendencia a interpretar el pasado con los valores y las categorías del presente, es uno de los problemas más persistentes de la historiografía popular y también uno de los más difíciles de evitar completamente. Los comportamientos y las decisiones de las personas del pasado se evalúan con categorías morales, psicológicas y sociales que no existían en ese momento y que habrían sido incomprensibles para los propios actores históricos. Eso no significa que no se puedan hacer juicios morales sobre el pasado: significa que esos juicios deben hacerse con conciencia de que están aplicando estándares externos al contexto que se evalúa, y que esa aplicación tiene sus propias limitaciones.

Los cambios en la historiografía a lo largo del tiempo son la mejor evidencia de que lo que se sabe sobre el pasado no es simplemente el pasado mismo sino la interpretación del pasado que cada generación produce desde su propio contexto. La Revolución Francesa fue interpretada de maneras radicalmente diferentes por los historiadores liberales del siglo XIX, los marxistas del siglo XX, los revisionistas de finales del siglo XX y los historiadores culturales de las últimas décadas. Los hechos básicos no cambiaron. Pero el marco a través del cual esos hechos son interpretados, las preguntas que se consideran importantes, los actores que se consideran centrales, los procesos que se considera que merecen explicación: todo eso cambió radicalmente, produciendo historias de la misma revolución que tienen muy poco en común más allá de los nombres y las fechas.

Eso no significa que toda interpretación histórica sea igualmente válida. Hay interpretaciones mejor respaldadas por la evidencia disponible, más consistentes con las fuentes, más conscientes de sus propios sesgos y limitaciones. La diferencia entre la buena y la mala historiografía es real. Pero incluso la mejor historiografía es una interpretación producida desde un presente específico con las herramientas conceptuales disponibles en ese presente, y esa condición no puede eliminarse completamente aunque se la reconozca.

«La historia que se enseña no es lo que ocurrió. Es la mejor aproximación disponible en este momento a lo que ocurrió, filtrada por los documentos que sobrevivieron, por las preguntas que los historiadores consideraron importantes, y por los marcos conceptuales disponibles en el momento en que esa historia fue escrita. Esa aproximación es valiosa y es lo mejor que tenemos. Pero confundirla con el pasado mismo es un error que tiene consecuencias.»
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Vivir con la incertidumbre histórica

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Reconocer los límites del conocimiento histórico no lleva necesariamente al relativismo, a la conclusión de que todo vale igual y que la historia no puede decir nada con seguridad. Lleva a algo más matizado y más útil: una relación más honesta y más calibrada con lo que se sabe y con lo que no se sabe, que permite usar el conocimiento histórico de manera más precisa sin sobreestimar su alcance.

La primera implicación práctica es calibrar la confianza en las afirmaciones históricas según el tipo de conocimiento que representan. Los hechos básicos bien documentados, las fechas, los nombres, la ocurrencia de eventos mayores, merecen alta confianza. Las interpretaciones de causalidad, de motivación y de significado merecen confianza proporcional a la solidez de las fuentes y la transparencia sobre los marcos conceptuales que las producen. Y las afirmaciones sobre la experiencia de grupos que el registro histórico marginaliza sistemáticamente merecen confianza especialmente calibrada, porque el registro mismo no es una muestra representativa de esa experiencia.

💡 La confianza apropiada en el conocimiento histórico no es ni la credulidad que acepta cualquier narrativa porque está en un libro ni el escepticismo que descarta todo conocimiento histórico porque es incompleto. Es la calibración que distingue entre tipos de conocimiento con distintos niveles de respaldo y que ajusta la certeza expresada a la certeza justificada.

La segunda implicación es que la humildad sobre el conocimiento histórico debería producir humildad sobre las afirmaciones que se hacen en el presente usando la historia como sustento. Los argumentos que invocan el «siempre fue así» o el «la historia demuestra que» merecen escrutinio sobre qué historia específicamente, documentada de qué manera, interpretada con qué marco conceptual. Eso no invalida el uso de la historia como herramienta de argumento, pero sí exige que ese uso sea más preciso y más transparente sobre sus propios límites.

La tercera implicación, quizás la más importante, es que la conciencia de los límites del conocimiento histórico aumenta el valor de la diversidad de perspectivas. Si el registro que tenemos está sesgado de las maneras descritas, entonces las perspectivas de los grupos que ese registro marginaliza tienen valor informativo que el registro mismo no puede proveer completamente. No porque todas las perspectivas sean igualmente válidas como reconstrucción de los hechos, sino porque diferentes posiciones en relación con los eventos producen acceso a diferentes aspectos de esos eventos, y la comprensión más completa posible requiere múltiples perspectivas más que la autoridad de una sola.

Los historiadores que mejor habitan esta incertidumbre no son los que producen las narrativas más confiadas sobre el pasado. Son los que producen narrativas que son explícitas sobre sus propias limitaciones, que señalan dónde el registro es escaso o sesgado, que distinguen entre lo que se sabe con alta certeza y lo que se infiere o interpreta con mayor incertidumbre, y que están dispuestos a actualizar sus interpretaciones cuando nueva evidencia aparece o cuando nuevos marcos conceptuales permiten ver los datos existentes de manera diferente. Esa disposición a la incertidumbre calibrada no debilita el conocimiento histórico. Es lo que lo hace confiable.

«La historia más honesta no es la que dice más con mayor confianza. Es la que dice exactamente lo que puede decir con la confianza que está justificada, y que señala con igual claridad lo que no puede decir y por qué. Esa honestidad es más difícil y menos satisfactoria que la certeza. También es más verdadera.»