El pensamiento que nadie admite
Ocurrió en un momento que probablemente no elegiste. Tal vez en medio de una discusión que se repitió por décima vez con el mismo argumento y el mismo resultado. Tal vez en un momento de silencio en que miraste al otro y algo en ti tuvo la claridad fría de preguntarse si esto era lo que querías para los próximos veinte años. Tal vez fue más vago que eso: simplemente la imagen de una vida diferente que apareció sin invitación y que no se fue tan rápido como debería.
El pensamiento de irse. La posibilidad de que esto, lo que tienes ahora con esta persona, no sea donde terminas. Que hay una salida y que tal vez un día la tomes.
La mayoría de las personas que han tenido ese pensamiento nunca lo han dicho en voz alta. Hay algo que hace que admitirlo parezca una traición: a la pareja, a la relación, a la promesa implícita o explícita que se hizo de estar. Y sin embargo, según la investigación sobre relaciones de pareja, ese pensamiento es notablemente común. Las parejas que reportan los niveles más altos de satisfacción relacional también reportan haber tenido en algún momento la consideración de que la relación podría no continuar. El pensamiento de irse no es señal de que la relación está terminada. Es señal de que la relación es lo suficientemente real como para que tenga consecuencias reales si termina.
La investigadora Caryl Rusbult desarrolló durante décadas un modelo de compromiso en las relaciones que ofrece un marco útil para entender por qué las personas se quedan en relaciones aunque hayan tenido el pensamiento de irse. Su modelo identifica tres factores: la satisfacción con la relación, la calidad de las alternativas percibidas, y la inversión realizada en la relación. Las personas se quedan no solo porque están satisfechas sino porque la combinación de esos tres factores produce un nivel de compromiso que hace que irse no sea la opción que más sentido tiene en ese momento.
Lo que eso implica es que el pensamiento de irse puede ser señal de distintas cosas dependiendo de en cuál de esos factores tiene raíz. Si viene de baja satisfacción, es información sobre algo en la relación que no está funcionando. Si viene de ver alternativas percibidas atractivas, puede ser información sobre algo en la vida propia más que sobre la relación. Si viene de una crisis de inversión, la sensación de que lo que se ha construido no merece el costo de seguir construyendo, es información sobre la narrativa que se tiene sobre la relación. Distinguir entre estas fuentes cambia completamente qué hacer con el pensamiento.
«El pensamiento de irse no es el diagnóstico de tu relación. Es la pregunta que tu relación te está haciendo. Y como toda pregunta, vale más hacerse que ignorarse, aunque la respuesta no sea la que esperabas.»
Cuándo el pensamiento es señal de algo real
No todos los pensamientos de irse tienen el mismo peso ni el mismo significado. Hay pensamientos que aparecen en el pico de un conflicto y que se disuelven cuando el conflicto se resuelve, que son básicamente la respuesta emocional al malestar del momento más que una evaluación real de la relación. Y hay pensamientos que persisten más allá del conflicto específico, que vuelven en distintos momentos y distintos contextos, que tienen una calidad diferente: más tranquila, más fría, más parecida a una evaluación que a una reacción.
La distinción entre los dos tipos importa porque requieren respuestas diferentes. El pensamiento de conflicto que se disuelve puede ser simplemente información sobre que el método de gestión del conflicto necesita mejorar. El pensamiento persistente que vuelve en distintas condiciones puede ser información sobre algo más estructural en la relación o en la persona.
Hay algunas características del pensamiento persistente que vale la pena reconocer. La primera es la especificidad: no es una imagen vaga de una vida diferente sino una evaluación bastante clara de qué es lo que no está funcionando y por qué. La persona que puede articular con precisión qué es lo que produce ese pensamiento tiene más información útil que la que solo siente una incomodidad difusa. La segunda es la recurrencia: el pensamiento que vuelve en momentos de relativa calma emocional, no solo en el pico del conflicto, tiene más peso que el que solo aparece cuando hay tensión. La tercera es la dirección: si el pensamiento viene acompañado de imaginería específica sobre una vida diferente, si la mente empieza a calcular qué sería posible sin esta relación, eso tiene una calidad diferente a la imagen fugaz que aparece y desaparece.
El pensamiento persistente no significa automáticamente que la relación deba terminar. Significa que hay algo que necesita atención. Puede ser algo en la relación: un patrón que se repite sin resolución, una necesidad que no se está expresando ni siendo atendida, una incompatibilidad que se ha estado gestionando pero que no se ha resuelto. Puede ser algo en la persona: un período de vida donde todo parece cuestionable, no solo la relación; una necesidad de cambio que se está proyectando sobre lo más cercano aunque su origen sea más difuso; una historia no resuelta que está coloreando la evaluación del presente.
Lo que el pensamiento persistente sí pide, independientemente de lo que eventualmente revele, es ser tomado en serio. No actuado de inmediato sino examinado con honestidad. La persona que cada vez que tiene ese pensamiento lo empuja hacia abajo sin mirarlo, que se convence de que es pasajero o de que es una señal de que algo está mal en ella más que en la relación, se priva de la información que el pensamiento contiene. Y esa información, aunque sea incómoda, es exactamente la que podría cambiar la relación si se actuara sobre ella, o que podría clarificar que la relación es lo que se quiere si se examina y se encuentra que el pensamiento no tiene la sustancia que parecía tener.
«El pensamiento de irse que se empuja hacia abajo sin mirarlo no desaparece. Se acumula. Y lo que se acumula sin mirarlo tiende a aparecer de maneras menos manejables que si se hubiera mirado cuando era pequeño.»
Qué hacer con lo que ese momento revela
Una vez que se toma en serio el pensamiento, la pregunta práctica es qué hacer con lo que revela. Y la primera respuesta honesta es que depende de lo que revela.
Si revela un patrón específico en la relación que produce el malestar, el camino más directo es la conversación con la pareja sobre ese patrón. No la conversación del conflicto caliente en que se dice «a veces pienso en irme», que tiene más probabilidad de producir pánico y defensas que claridad. Sino la conversación más tranquila, en un momento de conexión, que dice «hay algo que no estamos gestionando bien y que me genera mucha incomodidad, y necesito que lo hablemos». Esa conversación puede ser el inicio de un cambio real si ambas personas tienen la disposición y los recursos para tenerla honestamente.
Si revela una necesidad propia que no se ha expresado en la relación, el camino es primero clarificar esa necesidad para uno mismo y luego encontrar la manera de comunicarla. La persona que tiene el pensamiento de irse pero no puede articular qué es lo que necesita que sea diferente todavía no tiene la información suficiente para saber si ese pensamiento tiene sustancia real o si es la expresión de algo más difuso. Ese trabajo de clarificación interna puede hacerse solo, con apoyo de alguien de confianza, o con el apoyo de un profesional, dependiendo de la profundidad de lo que se está examinando.
Si revela algo sobre el momento personal más que sobre la relación específica, el camino puede ser el de no tomar decisiones importantes sobre la relación mientras se está en ese momento. Hay períodos de vida en que todo parece cuestionable: el trabajo, las amistades, el lugar donde se vive, la relación. En esos períodos, la evaluación de la relación específica puede estar contaminada por una insatisfacción más amplia que no tiene que ver con la relación en sí. No es que la evaluación sea inválida, sino que puede ser imprecisa sobre qué exactamente produce el malestar.
También está la posibilidad, que merece mencionarse aunque sea la menos cómoda, de que lo que el pensamiento revela es que la relación efectivamente no tiene lo que se necesita para continuar de manera sostenida. Esa posibilidad no puede descartarse por el simple hecho de que sea la más incómoda. Y si es eso lo que el examen honesto revela, la información también merece actuarse, aunque el proceso de actuar sobre ella sea difícil.
«El pensamiento de irse no te dice qué hacer. Te dice que algo merece examinarse. Ese examen puede revelar que hay algo que cambiar en la relación, algo que trabajar en uno mismo, o que la relación no tiene lo que se necesita para continuar. Las tres respuestas son información válida. Solo ignorarlo no lo es.»
Lo que cambia cuando se mira el pensamiento en lugar de ignorarlo
Las parejas que han podido tener conversaciones honestas sobre los momentos en que pensaron en irse, ya sea entre ellos mismos o con apoyo externo, con frecuencia describen esas conversaciones como puntos de inflexión en la relación. No porque la conversación haya resuelto mágicamente lo que producía el pensamiento, sino porque tuvo que abrir para tenerla una honestidad sobre el estado real de la relación que permitió trabajar sobre la realidad en lugar de sobre la versión de la relación que ambos preferían mantener.
Hay relaciones que después de esa conversación se fortalecieron considerablemente. Porque lo que estaba produciendo el pensamiento era algo que podía cambiarse, y cambiarlo requería que ambas personas supieran que estaba ahí. La relación que sobrevive a esa conversación con sus compromisos intactos tiene una solidez diferente: no la solidez de no haber sido desafiada sino la de haber sido desafiada y haber respondido.
También hay relaciones que después de esa conversación se terminaron de manera más clara y más honesta que si el pensamiento se hubiera seguido ignorando. Y esas terminaciones, aunque sean dolorosas, tienen algo que las terminaciones que llegan después de años de acumulación sin examen no tienen: la claridad de que se hizo lo posible por entender lo que ocurría antes de tomar la decisión.
Lo que el pensamiento de irse enseña, cuando se lo mira en lugar de ignorarlo, es que la relación es una elección activa, no un estado que ocurre de manera automática. Las personas que entienden eso, que saben que están eligiendo la relación en cada momento en que podrían elegir diferente, tienden a estar en sus relaciones de una manera más presente y más deliberada que las que no se han hecho esa pregunta. Porque la elección consciente tiene una calidad que la inercia no tiene, aunque ambas produzcan el mismo resultado externo de estar en la relación.
La primera vez que pensaste en irte no fue el fin de tu relación. Fue el momento en que tu relación se volvió real de una manera nueva: una elección que podías no hacer, y que elegiste hacer de todas formas. Lo que hagas con eso, si lo usas para trabajar en lo que reveló o si lo empujas hacia abajo hasta que vuelva con más fuerza, es lo que determina si ese momento se convirtió en el principio de algo más honesto o simplemente en el primero de una serie que terminó sin que nadie los hubiera mirado.
«La primera vez que pensaste en irte y no te fuiste te dice algo importante: en ese momento, con todo lo que el pensamiento contenía, elegiste quedarte. Eso no es poca cosa. La pregunta es si lo elegiste conscientemente o simplemente porque no actuaste. Y la diferencia entre las dos cosas es la diferencia entre una relación que se elige y una en la que simplemente se permanece.»