El problema con querer ser mejor persona — Lebo
El problema con querer ser mejor persona
Capítulo 1 de 4 · 14 min restantes
Capítulo 1 de 4

La industria de la insatisfacción con uno mismo

4 min de lectura

Existe una paradoja en el corazón del movimiento de desarrollo personal que rara vez se nombra explícitamente: está construido sobre la premisa de que quien eres ahora no es suficiente. Que hay una versión mejor de ti disponible si aplicas los métodos correctos, adoptas los hábitos correctos, desarrollas la mentalidad correcta. Esa premisa tiene algo de verdadera: las personas cambian, aprenden, se desarrollan, y ese proceso tiene valor real. Pero también tiene algo problemático: genera una relación con uno mismo mediada permanentemente por la distancia entre quien se es y quien se podría ser. Y esa distancia, cuando se convierte en el estado de fondo de la relación con uno mismo, produce exactamente el tipo de insatisfacción crónica que el desarrollo personal supuestamente debería aliviar.

El filósofo Alan Watts lo describió con una precisión que pocas formulaciones más recientes han igualado: la búsqueda compulsiva de la mejora personal reproduce la misma estructura que el problema que intenta resolver. Si el problema es que no estás en paz con quien eres, la solución que dice «trabaja en ti mismo hasta que estés en paz contigo mismo» simplemente aplaza esa paz a un futuro en que habrás completado el trabajo suficiente. Pero el trabajo nunca termina, porque cada versión mejorada de uno mismo revela nuevas deficiencias que también merecen trabajo. La paz queda siempre al otro lado del siguiente libro, del siguiente hábito, del siguiente período de crecimiento.

Eso no significa que el cambio personal sea imposible ni que sea indeseable. Significa que la relación con ese proceso importa tanto como el proceso mismo. La persona que se embarca en el cambio desde un lugar de curiosidad sobre lo que es posible tiene una experiencia radicalmente diferente a la persona que se embarca desde un lugar de insatisfacción con lo que es. La primera puede mejorar y encontrar satisfacción en el proceso. La segunda puede mejorar y encontrar que la satisfacción sigue siendo esquiva, porque la mejora no resuelve la insatisfacción de fondo que la motivó: solo la desplaza hacia el siguiente objetivo.

💡 Querer ser mejor persona desde un lugar de insatisfacción con quien eres produce un estado en que el bienestar siempre está condicionado al completamiento de un proyecto que nunca termina. Querer ser mejor persona desde un lugar de curiosidad sobre lo que eres capaz produce un estado en que el proceso mismo puede ser satisfactorio independientemente de dónde lleva. La diferencia no está en el objetivo sino en el punto de partida.

La industria del desarrollo personal, que incluye libros, cursos, aplicaciones, podcasts, coaches y retiros, tiene un incentivo estructural para mantener viva la insatisfacción con uno mismo. No necesariamente por mala fe, sino porque su modelo de negocio depende de que las personas sigan buscando la siguiente herramienta, el siguiente método, el siguiente insight que finalmente producirá la transformación prometida. Un cliente completamente satisfecho con quien es no necesita el siguiente libro. Un cliente permanentemente insatisfecho con quien es, pero esperanzado en que el siguiente producto lo ayudará a cerrar la brecha, es exactamente el tipo de cliente que el mercado del desarrollo personal necesita para funcionar.

Eso no convierte todo el mercado del desarrollo personal en fraude. Hay herramientas genuinamente útiles, ideas genuinamente iluminadoras, prácticas genuinamente transformadoras disponibles en ese espacio. Pero el marco en que frecuentemente se presentan, el de la mejora continua como proyecto permanente, puede producir efectos secundarios que contradicen sus propias promesas.

«La persona que siempre está trabajando en ser mejor rara vez tiene tiempo de simplemente ser. Y ser, sin el proyecto de mejora superpuesto, es exactamente lo que el trabajo de mejora prometía hacer posible eventualmente. El problema es que eventualmente nunca llega si el proyecto de mejora no tiene un punto de suficiencia.»
Capítulo 2 de 4

El costo de vivir como proyecto permanente

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Cuando la identidad se organiza alrededor del proyecto de ser mejor persona, la relación con uno mismo cambia de una manera que tiene consecuencias prácticas sobre el bienestar y sobre las relaciones con los demás.

El primer costo es la fatiga evaluativa. Vivir con la conciencia permanente de cuánto uno se aleja del ideal produce un estado de monitoreo constante de los propios pensamientos, emociones y comportamientos. Ese monitoreo puede tener valor cuando está al servicio de un objetivo específico en un período específico. Pero cuando se convierte en el estado de fondo de la relación consigo mismo, produce un agotamiento que no viene de hacer cosas difíciles sino de la vigilancia permanente de si se está haciendo bien o mal lo de ser uno mismo.

La investigación sobre el agotamiento de recursos cognitivos muestra que el autocontrol y la autoevaluación consumen los mismos recursos que otras formas de trabajo mental. La persona que dedica parte significativa de su capacidad cognitiva disponible a monitorear si sus pensamientos y emociones son los correctos tiene menos capacidad disponible para el trabajo, las relaciones y las actividades que esos mismos recursos podrían estar alimentando.

💡 El proyecto permanente de mejora personal no solo consume tiempo. Consume la capacidad de atención que podría estar en el trabajo que importa, en las relaciones que importan, en la vida que el proyecto de mejora supuestamente está optimizando. Hay un punto en que el costo del proyecto supera el valor de lo que produce.

El segundo costo es sobre las relaciones. Las personas que viven principalmente en modo de proyecto de mejora tienden a llevar ese modo a sus interacciones: evalúan sus propias respuestas en tiempo real, monitorean si están siendo la versión que quieren ser, se preocupan por cómo están actuando en lugar de simplemente actuar. Esa meta-conciencia, que desde adentro se siente como presencia mejorada, desde afuera con frecuencia se percibe como distancia o como falta de espontaneidad. Las relaciones más genuinas tienden a ocurrir cuando alguien está siendo, no cuando está monitoréandose siendo.

El tercer costo es la pérdida de acceso a la experiencia directa. Hay una diferencia entre vivir una experiencia y observarse viviéndola. Las personas que pasan demasiado tiempo en el rol de observador de su propia vida en lugar de en el rol de protagonista pierden algo que es difícil de nombrar pero que es reconocible cuando falta: la textura de la experiencia directa, la satisfacción de estar completamente dentro de lo que se está haciendo sin la capa de evaluación superpuesta.

«El proyecto permanente de mejora pone al observador en el centro de la propia vida. Y el observador, por definición, no puede estar completamente adentro de la experiencia que observa. Hay un costo en esa distancia que ninguna cantidad de mejora personal puede compensar porque es producido precisamente por el proceso de mejora.»
Capítulo 3 de 4

La diferencia entre crecer y optimizarse

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No toda aspiración de cambio personal produce los efectos que se describieron en los capítulos anteriores. Hay una diferencia entre el crecimiento genuino, que ocurre como consecuencia natural de vivir con atención y con disposición de aprender, y la optimización compulsiva, que ocurre como proyecto deliberado de conversión de uno mismo en una versión más funcional.

El crecimiento genuino tiene características que lo distinguen. Es con frecuencia más lento de lo que la optimización promete. No siempre sigue una dirección clara ni produce cambios medibles en períodos de tiempo definidos. Ocurre a veces de maneras que no se anticiparon y que no habrían sido el resultado de ningún plan de desarrollo personal deliberado. Y frecuentemente implica no solo ganar capacidades sino también perder algo: una certeza que ya no es sostenible, una creencia que ya no funciona, una versión de uno mismo que ya no corresponde a quien se es.

La optimización compulsiva, en cambio, tiene una lógica más de ingeniería que de crecimiento: identifica las áreas de deficiencia, aplica las herramientas correctas, mide el progreso, ajusta el proceso. Esa lógica puede funcionar bien en dominios específicos con objetivos claros y métricas bien definidas. Pero aplicada a la persona en su totalidad produce una relación con uno mismo que es más funcional que humana, más orientada al rendimiento que a la vida.

💡 La diferencia entre crecer y optimizarse no está en el resultado sino en la relación que se tiene con el proceso. El crecimiento puede incluir regresiones, ambigüedades y cambios de dirección que la optimización no tolera bien. La persona que trata su propia vida como proyecto de optimización se vuelve frágil ante exactamente el tipo de complejidad y de imprevisibilidad que la vida real tiene en abundancia.

El filósofo y psicólogo Erich Fromm distinguía entre el «tener» y el «ser» como dos modos fundamentales de relacionarse con la existencia. El modo del tener orienta la vida hacia la acumulación: de posesiones, de estatus, de capacidades, de logros. El modo del ser orienta la vida hacia la experiencia directa de estar vivo, de relacionarse, de crear. El proyecto permanente de mejora personal es, en los términos de Fromm, una extensión del modo del tener: se acumulan virtudes, hábitos, capacidades, versiones mejoradas de uno mismo, con la misma lógica con que se acumula cualquier otra cosa. Y esa acumulación, aunque produzca una versión más capaz de uno mismo, no necesariamente produce la experiencia de estar más vivo que era lo que se buscaba en primer lugar.

Hay también algo que se pierde en la optimización compulsiva que es específicamente valioso: la relación con las propias limitaciones como parte constitutiva de quién se es en lugar de como defectos a corregir. Las limitaciones genuinas, las que no son simplemente falta de práctica o de recursos sino características más estructurales de cómo funciona cada persona, tienen su propio valor. Definen lo que es posible y lo que no, crean la necesidad de depender de otros en ciertas áreas, y con frecuencia son la contracara de fortalezas que no existirían sin ellas. La persona que vive en guerra permanente con sus propias limitaciones se priva de la posibilidad de integrarlas de una manera que las haga menos costosas y más informativas sobre cómo vivir bien con lo que se es.

«Crecer es lo que ocurre cuando vives con atención. Optimizarte es lo que ocurre cuando tratas tu vida como un problema de ingeniería. El primero produce personas más vivas. El segundo produce personas más eficientes. No siempre son la misma cosa.»
Capítulo 4 de 4

Cómo querer mejorar sin que el proyecto te consuma

3 min de lectura

Señalar los problemas del proyecto permanente de mejora personal no equivale a argumentar que el cambio personal es indeseable ni que la complacencia es una virtud. Equivale a proponer que la relación con ese proyecto puede organizarse de maneras que produzcan el crecimiento sin los costos secundarios que la optimización compulsiva genera.

La primera diferencia que cambia todo es el punto de partida. El proyecto de mejora que empieza desde la insatisfacción con quien se es produce una dinámica diferente a la que empieza desde la curiosidad sobre lo que es posible. La primera tiene urgencia y angustia como motor. La segunda tiene interés y apertura. Los resultados pueden ser similares en algunos casos, pero la experiencia del proceso es radicalmente diferente, y la experiencia del proceso es la mayor parte de la vida que ese proceso ocupa.

💡 Antes de embarcarte en cualquier proyecto de cambio personal, vale la pena preguntarte desde dónde lo estás iniciando. ¿Lo inicias porque no puedes aceptarte como eres sin ese cambio? ¿O lo inicias porque te interesa genuinamente explorar lo que serías capaz de hacer o ser? La respuesta no cambia si el cambio vale la pena. Cambia si el proceso puede ser vivido con algo más parecido a la ligereza que a la urgencia.

La segunda diferencia es la definición de suficiencia. El proyecto de optimización compulsiva no tiene punto de suficiencia: siempre hay una siguiente área de mejora. El proyecto de crecimiento que funciona tiene una respuesta a la pregunta «¿cuándo es suficiente?», aunque esa respuesta sea provisional y pueda revisarse. Tener ese punto de suficiencia no significa dejar de aprender o de cambiar. Significa que el cambio ocurre desde un lugar de base donde ya se es suficientemente bueno, en lugar de desde un lugar de déficit permanente que el cambio intenta corregir.

La tercera diferencia es la tolerancia a las regresiones. El crecimiento real incluye períodos de retroceso, de confusion, de perder terreno que se había ganado. La optimización compulsiva trata esas regresiones como fracasos del proyecto que requieren diagnóstico y corrección. El crecimiento que funciona las trata como parte del proceso, tan normal como el avance y tan informativa, aunque menos satisfactoria, que los períodos de progreso claro.

Querer ser mejor persona es, en sí mismo, una aspiración admirable. El problema no es quererlo. Es el modo en que se persigue esa aspiración: si desde la guerra con quien se es o desde la curiosidad sobre quien se podría ser, si con un punto de suficiencia o sin él, si con tolerancia a la complejidad del proceso o con la impaciencia de quien espera resultados medibles en plazos definidos. Esas diferencias de modo, que pueden parecer secundarias, determinan si el proyecto de mejora personal contribuye al bienestar que promete o si se convierte en la fuente más sofisticada disponible de la insatisfacción que supuestamente intenta resolver.

«Ser mejor persona es un buen propósito. Pero el propósito de ser mejor persona no debería reemplazar el propósito de ser persona. La vida que se vive completamente mientras se trabaja en mejorarla es más rica que la que se pospone hasta que el trabajo de mejora esté suficientemente avanzado.»