

Criar sin comparar
Por qué las comparaciones que hacemos casi sin darnos cuenta son de las más costosas en la crianza
Índice de capítulos
Resumen
Hay comparaciones que los padres hacen con plena consciencia de que están comparando. Y hay otras que no se sienten como comparaciones porque no tienen esa estructura — las que operan en el fondo, en las expectativas que los padres tienen sobre cada hijo basadas en cómo son los otros hijos, en cómo eran ellos mismos a esa edad, en algún estándar absorbido de la cultura. Esas comparaciones implícitas son frecuentemente más poderosas que las explícitas, porque son más difíciles de cuestionar precisamente porque nadie las articula. Y los niños las leen con una precisión que frecuentemente supera la de los adultos para leerlas en sí mismos.
Los efectos de la comparación crónica son concretos: competitividad defensiva hacia el hermano, relación evitativa con el fracaso, y autoestima frágil que depende de seguir ganando las comparaciones. Los padres comparan por motivación por contraste, por desahogo de la frustración, por reproducción de su propio pasado, y por genuina preocupación por el desarrollo del hijo — ninguna de esas razones es maliciosa, pero el efecto puede ser igualmente costoso.
Este mini-libro examina qué decir en lugar de comparar: hablar sobre comportamientos específicos y sus efectos, comparar al hijo consigo mismo en el tiempo, y reconocer las cualidades específicas de cada hijo de manera que no requiera un referente externo para afirmarse.