Las preguntas que cierran
Hay una conversación que ocurre en casi todos los hogares con adolescentes con una regularidad que se parece al ritual. El padre o la madre llega, ve al hijo, y pregunta: ¿cómo te fue? La respuesta es: bien. ¿Qué hiciste? Nada. ¿Cómo estuvo la escuela? Normal. Y ahí termina la conversación, con ambas partes sintiéndose igualmente insatisfechas: el padre porque no obtuvo nada real y el adolescente porque acaba de responder preguntas que no le interesaban.
Esa dinámica, que se repite día tras día en millones de familias, lleva a muchos padres a concluir que su hijo adolescente simplemente no quiere hablar. Y en cierto sentido eso es verdad: no quiere hablar con esas preguntas, sobre esos temas, de esa manera. Pero eso no significa que no quiera hablar. Significa que las preguntas que se están haciendo no son las que abren la puerta a una conversación que le resulte suficientemente interesante o suficientemente segura como para entrar.
La diferencia entre las preguntas que cierran y las que abren no siempre es obvia porque desde afuera ambas parecen igualmente simples. ¿Cómo te fue? y ¿qué fue lo más raro que te pasó hoy? producen respuestas radicalmente diferentes no porque la segunda sea más profunda sino porque activa procesos cognitivos distintos. La primera pide una evaluación global que el adolescente puede completar con una sola palabra. La segunda pide que recupere algo específico, que lo clasifique como raro, que decida si vale la pena compartirlo. Ese proceso es más interesante y más difícil de despachar con un monosílabo.
La investigación sobre comunicación entre padres e hijos adolescentes muestra algo que muchos padres encuentran sorprendente: la calidad de la comunicación no depende principalmente de cuánto tiempo pasan juntos ni de cuántas veces se intenta la conversación. Depende principalmente de si el adolescente percibe que la conversación es segura, que sus respuestas serán recibidas con curiosidad en lugar de con juicio, y que no tiene que gestionar la reacción emocional de sus padres como consecuencia de lo que comparte.
Ese último punto merece atención particular. Uno de los motivos más frecuentes por los que los adolescentes no comparten ciertas cosas con sus padres no es la falta de confianza sino la anticipación del costo emocional de compartirlo. Si saben que compartir que están teniendo dificultades en la escuela va a producir ansiedad visible en su madre, si saben que mencionar que probaron algo prohibido va a producir una reacción que tendrán que gestionar durante días, si saben que cualquier cosa que digan sobre su vida romántica va a producir preguntas que no quieren responder, la evaluación costo-beneficio de compartir frecuentemente produce la respuesta de no hacerlo.
«Tu hijo no te oculta cosas porque no te quiere. Te oculta cosas porque ha calculado, correctamente o no, que el costo de decírtelas supera el beneficio de tu apoyo. El trabajo de cambiar esa ecuación no empieza en él. Empieza en cómo recibes lo que sí te dice.»
Las preguntas que abren
No hay una lista de preguntas mágicas que funcionen para todos los adolescentes en todos los momentos. Pero hay características de las preguntas que tienden a producir más apertura que otras, y conocerlas permite improvisar en lugar de seguir un guion.
La primera característica es la especificidad. Las preguntas generales producen respuestas generales. Las preguntas que piden algo específico, que recuperen un momento, un detalle, una persona, producen respuestas que tienen contenido real y que frecuentemente llevan a más conversación. «¿Hubo algo hoy que te sorprendió?» produce más que «¿cómo estuvo tu día?». «¿Qué hizo alguien hoy que te pareció gracioso o raro?» produce más que «¿cómo están tus amigos?».
La segunda característica es la ausencia de agenda. Las preguntas que el adolescente percibe como orientadas a obtener información específica que el padre quiere tener producen respuestas estratégicas. Las preguntas que parecen genuinamente curiosas sobre la experiencia del adolescente, sin un objetivo predeterminado de qué información se quiere obtener, producen respuestas más honestas. La diferencia entre las dos frecuentemente está en el tono más que en las palabras.
La tercera característica es la reciprocidad. Las conversaciones que fluyen en un solo sentido, donde el padre pregunta y el adolescente responde, producen la sensación de interrogatorio. Las que incluyen que el padre también comparte algo de su propia experiencia, una historia, una opinión, algo que le pasó, tienen una dinámica diferente que se siente más como conversación y menos como evaluación.
La cuarta característica es el momento. Los adolescentes frecuentemente hablan más en momentos de actividad lateral, cuando hacen algo juntos sin que la conversación sea el objetivo explícito, que en situaciones donde la conversación es claramente el propósito. En el carro, caminando, cocinando juntos, en el contexto de una actividad compartida, la presión de la conversación directa disminuye y la apertura aumenta.
«La mejor pregunta no es siempre la más profunda. Es la que produce una respuesta que el adolescente genuinamente quiere dar, porque es interesante para él responderla y porque no siente que al responderla está entregando información que va a usarse en su contra.»
Los temas que merecen conversación aunque sean incómodos
Hay temas sobre los que la mayoría de los padres quiere tener conversaciones con sus hijos adolescentes pero que posterga indefinidamente porque la incomodidad de iniciarlas parece superar el beneficio de tenerlas. Y sin embargo, esos temas, precisamente los más incómodos, son los que más necesitan de la voz de los padres porque si los padres no los hablan, alguien más lo hará.
El primero es el sexo, en el sentido amplio que incluye no solo la mecánica sino los valores, el consentimiento, las relaciones, la presión social, las expectativas que circulan en el grupo de pares y en los medios que consumen. La conversación sobre sexo no es una sola conversación que se tiene a cierta edad y queda resuelta. Es una serie de conversaciones que empiezan antes de lo que la mayoría de los padres cree necesario y que continúan durante años. El adolescente que no recibe información de sus padres sobre estos temas no vive en un vacío de información: vive en un ecosistema de información producida por sus pares, por el contenido que consume, y por una cultura que no siempre tiene los valores que los padres querrían que tuviera.
El segundo tema es el de las drogas y el alcohol, no como discurso de prohibición sino como conversación sobre qué saben, qué les han ofrecido, qué ven en su entorno, y cómo navegar situaciones donde hay presión social para hacer algo que no quieren hacer. Los adolescentes que tienen esa conversación con sus padres toman decisiones más informadas que los que solo reciben el mensaje de que está prohibido sin contexto que les dé herramientas para situaciones reales.
El tercero es el de la salud mental, tanto la propia como la del entorno. El adolescente que sabe que puede hablar con sus padres sobre ansiedad, sobre días difíciles, sobre momentos en que todo parece demasiado, sin que eso produzca alarma desproporcionada ni minimización, tiene acceso a un recurso que los adolescentes que no tienen esa conversación no tienen. Ese recurso puede ser crítico en los momentos de mayor dificultad.
El cuarto tema es el de los valores: qué tipo de persona quiere ser, qué le importa, qué no está dispuesto a hacer aunque haya presión para hacerlo. Esas conversaciones no se tienen de manera formal ni didáctica. Se tienen en los momentos en que ocurre algo en el mundo, en el entorno del adolescente, que abre naturalmente la puerta a hablar sobre qué piensa y qué valora. Los padres que aprovechan esos momentos, que preguntan qué piensa en lugar de decirle qué pensar, tienen conversaciones sobre valores que producen más efecto que cualquier discurso sobre lo que está bien y lo que está mal.
«Los temas más difíciles de hablar con tu hijo adolescente son los que más necesitan tu voz. No para dictar qué pensar sino para estar presente en la conversación que de todas formas va a ocurrir, ya sea contigo o sin ti.»
Cómo recibir lo que finalmente comparte
De nada sirve hacer las preguntas correctas si la manera de recibir las respuestas produce que el adolescente decida no volver a compartir. La manera en que se recibe lo que finalmente se comparte determina si habrá más conversaciones reales en el futuro.
La primera regla es no convertir cada cosa que comparte en una lección. El adolescente que cuenta algo que salió mal y recibe inmediatamente el análisis de qué debería haber hecho diferente aprende que compartir problemas produce discursos. El que recibe primero la escucha, la pregunta de cómo se siente, la presencia sin agenda inmediata de arreglar o enseñar, aprende que compartir problemas produce apoyo. Solo el segundo vuelve a compartir la próxima vez.
La segunda regla es gestionar la propia reacción emocional antes de responder. Cuando un adolescente comparte algo que produce ansiedad, miedo o enojo en sus padres, la reacción emocional inmediata de los padres frecuentemente se convierte en el tema de la conversación en lugar de lo que el adolescente compartió. El adolescente termina manejando la emoción del padre en lugar de recibir apoyo para lo que estaba intentando compartir. Aprender a recibir sin reaccionar de manera que el adolescente tenga que gestionar es una de las habilidades más valiosas y más difíciles de la crianza en esta etapa.
La tercera regla es mantener la confidencialidad de lo que se comparte, excepto en situaciones de seguridad real. El adolescente que comparte algo con uno de sus padres y que después descubre que eso fue contado al otro padre, a los abuelos o a cualquier otra persona sin su consentimiento, aprende que compartir tiene costos de privacidad que no está dispuesto a pagar. La confianza es la condición de la apertura, y la confianza se construye con la consistencia de que lo que se comparte se queda entre quienes participaron en la conversación.
La cuarta regla, y la más importante, es celebrar el hecho de que compartió, independientemente del contenido. El adolescente que recibe la respuesta «me alegra que me lo hayas contado» después de compartir algo difícil, aunque lo que sigue incluya conversación sobre el tema, recibe una señal de que compartir produce algo positivo. Esa señal, repetida, construye el tipo de relación donde las conversaciones reales son posibles.
«La conversación que tu hijo finalmente tiene contigo sobre algo que importa no empieza en ese momento. Empieza en todas las veces anteriores en que compartió algo pequeño y recibió una respuesta que valió la pena. Cada conversación pequeña bien recibida es la inversión en la conversación grande que vendrá.»
