Las preguntas que nadie te enseñó a responder
Ocurre en el momento menos esperado. Estás en el carro, o en la cena, o antes de dormir, y de la nada llega la pregunta. No el «¿por qué el cielo es azul?» que tiene respuesta en Wikipedia. Sino el otro tipo de por qué. El «¿por qué se murió el abuelo?», el «¿por qué tú y papá ya no viven juntos?», el «¿por qué hay personas que no tienen dónde vivir?», el «¿por qué las personas hacen cosas malas?». Las preguntas que los niños hacen con una directness total, sin el filtro social que los adultos desarrollan para evitar exactamente ese tipo de pregunta, y que producen en el padre o la madre que las recibe una mezcla de orgullo por la curiosidad del hijo y terror ante la responsabilidad de responderlas bien.
Esas preguntas son algunas de las más importantes que un niño puede hacer, y también algunas de las más incómodas de responder. No porque no haya respuestas disponibles, sino porque las respuestas tienen niveles: hay respuestas que son verdad pero que el niño todavía no tiene la madurez de procesar, hay respuestas que son simplificaciones honesta y hay respuestas que son mentiras protectoras, y elegir en cuál de esos niveles responder, en el momento en que la pregunta llega, requiere un tipo de criterio que nadie enseña explícitamente.
La tendencia más común de los padres ante esas preguntas es una de dos: la respuesta demasiado simplificada que el niño percibe como evasiva, el «el abuelo se fue a un lugar muy bonito» que produce más preguntas de las que responde, o la respuesta demasiado completa que sobrecarga al niño con información que no tiene los recursos para procesar. El punto intermedio, la respuesta honesta adaptada a la edad que respeta tanto la inteligencia del niño como sus límites de procesamiento, es más difícil de encontrar en el momento y es el que más vale la pena preparar.
La psicóloga del desarrollo Jean Piaget documentó décadas de investigación sobre cómo los niños construyen su comprensión del mundo en etapas que tienen características cognitivas específicas. Los niños pequeños piensan de manera concreta y tienen dificultad para procesar abstracciones complejas, pero eso no significa que no puedan manejar verdades difíciles: significa que esas verdades tienen que comunicarse de maneras que correspondan a su nivel de desarrollo. Un niño de cinco años puede entender que el abuelo murió y que eso significa que ya no va a estar más, que es triste y que está bien sentirse triste. Lo que no puede procesar con la misma facilidad es una explicación elaborada sobre la enfermedad que lo causó o sobre qué ocurre después de la muerte.
También hay que considerar que los niños perciben más de lo que los adultos creen. El niño que recibe una respuesta evasiva frecuentemente sabe que está recibiendo una respuesta evasiva, aunque no pueda articularlo así. Y esa percepción de que hay algo que los adultos no le están diciendo puede producir más ansiedad que la verdad adaptada habría producido, porque el niño llena el vacío con su propia imaginación, que no tiene los límites que tendría la realidad.
«Tu hijo no te está pidiendo la respuesta completa y definitiva a las preguntas más difíciles de la existencia. Te está pidiendo que estés presente en esa pregunta con él, que no la evadas, y que le des algo honesto y suficientemente manejable para su momento. Eso es lo que puede recibir, y eso es lo que más necesita.»
Las preguntas sobre la muerte
La muerte es el tema que más temprano llega a la vida de los niños de maneras que requieren respuesta: la muerte de una mascota, de un abuelo, de alguien en el entorno. Y es también el tema que los padres más frecuentemente manejan con eufemismos que confunden en lugar de consolar.
«Se fue», «se durmió», «está en el cielo», «lo perdimos»: esas frases tienen la intención de suavizar algo difícil, pero producen un tipo de confusión que puede ser más angustiante que la realidad honesta. El niño que escucha que el abuelo «se fue» puede preguntarse por qué no vuelve si se fue. El que escucha que «se durmió» puede desarrollar miedo a dormirse. El que escucha que «está en el cielo» puede tener una imagen más o menos concreta de ese lugar que produce sus propias preguntas.
Lo que los niños necesitan escuchar sobre la muerte, adaptado a su edad, incluye que la persona murió, que eso significa que su cuerpo dejó de funcionar y que ya no va a estar, que es normal sentirse triste y que la tristeza no dura para siempre aunque duela ahora, y que las personas que murieron pueden seguir siendo recordadas y queridas aunque ya no estén físicamente presentes.
Las preguntas que siguen, «¿tú también te vas a morir?», «¿yo me voy a morir?», son las más difíciles de responder porque la respuesta honesta, sí, todos morimos, puede producir ansiedad. Lo que ayuda en ese momento es el contexto temporal: «sí, algún día, pero las personas generalmente viven mucho tiempo antes de morir, y yo planeo vivir mucho tiempo más». Esa respuesta es honesta sin ser alarmante, porque da la información real dentro de un marco temporal que el niño puede manejar.
También está la pregunta sobre qué ocurre después de morir, que no tiene una respuesta verificable y que toca el territorio de las creencias espirituales y religiosas de la familia. Aquí los padres pueden compartir lo que creen o lo que diferentes personas creen, siendo honestos sobre la incertidumbre cuando existe, sin que esa incertidumbre sea aterradora. «Nadie sabe con certeza qué pasa, pero muchas personas creen…» o «en nuestra familia creemos que…» son formas de responder que respetan tanto la honestidad como los valores de la familia.
«Hablar honestamente con tu hijo sobre la muerte no produce que se obsesione con ella. Produce que tenga las herramientas para procesar la pérdida cuando llegue, que siempre llega, de una manera que no lo deja solo con preguntas que nadie quiso responder.»
Las preguntas sobre la injusticia del mundo
Hay otro tipo de pregunta difícil que los niños hacen con una regularidad que puede sorprender: las que apuntan a la injusticia del mundo. Por qué hay personas que no tienen qué comer si hay tanto para comer en el mundo. Por qué hay guerras. Por qué las personas hacen cosas malas. Por qué les pasan cosas malas a personas buenas. Estas preguntas, que los filósofos han estado intentando responder durante milenios, llegan de la boca de un niño de siete años con la misma urgencia y la misma expectativa de respuesta honesta.
La tentación de los padres ante esas preguntas es también doble: la respuesta simplificada que cierra la pregunta («el mundo es así») o la explicación que sobrecarga («hay desigualdades estructurales que…»). Lo que produce más valor es la respuesta que honra la pregunta como lo que es, algo genuinamente difícil y genuinamente importante, sin pretender que tiene una respuesta simple ni asustando al niño con la magnitud de los problemas que identificó.
«Esa es una pregunta muy importante y muy difícil» es un comienzo honesto. Valida que la pregunta merece atención sin prometer una respuesta completa que no existe. Y desde ahí, la conversación puede explorar lo que el niño ya sabe, lo que le preocupa específicamente, y lo que el padre puede compartir honestamente sobre cómo él mismo piensa sobre eso.
La pregunta «¿por qué las personas hacen cosas malas?» merece atención especial porque su respuesta tiene consecuencias sobre cómo el niño entiende a las personas en general y a sí mismo. Las respuestas que dividen el mundo en personas buenas y personas malas producen una comprensión simplificada que no prepara bien para la complejidad real. Las que explican que las personas hacen cosas malas por muchas razones, el miedo, el dolor, no haber aprendido mejor manera, circunstancias difíciles, sin excusar el daño que causan, producen una comprensión más matizada y más útil.
También está la pregunta sobre por qué les pasan cosas malas a personas buenas, que toca el territorio del sentido y la justicia. Aquí la honestidad es especialmente importante: no hay una explicación que haga que eso parezca justo porque no lo es. Lo que se puede ofrecer es la validación de que es normal que eso parezca injusto, que lo es, y que la respuesta de la familia ante las cosas injustas es hacer lo que se puede para reducir la injusticia en el espacio donde se tiene influencia.
«Cuando tu hijo te pregunta por qué hay injusticia en el mundo, no te está pidiendo que la resuelvas. Te está pidiendo que estés presente en esa pregunta con él, que no pretendas que tiene una respuesta simple, y que le enseñes cómo sostenerse frente a lo que no tiene solución fácil.»
Cómo estar presente en las preguntas sin respuesta
No todas las preguntas difíciles que hacen los niños tienen respuestas satisfactorias. Hay preguntas cuya honestidad más completa incluye decir que no se sabe, que es complicado, que hay personas que piensan cosas diferentes sobre eso. Y aprender a estar presente en esa incertidumbre, sin apresurarse a cerrarla con una respuesta que la simplifique demasiado, es una de las habilidades más valiosas de los padres ante estas conversaciones.
Decir «no sé» a un niño no produce pérdida de autoridad. Produce un modelo de honestidad intelectual que el niño puede imitar y que le enseña que no saber algo no es vergonzoso sino la condición normal ante las preguntas más difíciles. Los padres que fingen saber lo que no saben, que producen respuestas con más certeza de la que realmente tienen, enseñan que la incertidumbre es algo que hay que ocultar. Los que dicen «no sé, pero pensemos juntos» enseñan que la incertidumbre es el punto de partida de la exploración.
También está la posibilidad de decir «esa pregunta también me la hago yo». Compartir con el hijo que las preguntas difíciles que él está haciendo son preguntas que los adultos también tienen produce varias cosas valiosas: normaliza la pregunta, reduce la distancia entre el hijo y el padre, y comunica que las preguntas difíciles no tienen fecha de vencimiento, que siguen siendo relevantes a cualquier edad.
La última cosa que vale decir sobre estas conversaciones es sobre el tiempo. Las preguntas difíciles de los niños frecuentemente no llegan en el momento en que los padres tienen más disponibilidad ni más recursos. Llegan en el carro, antes de dormir, en medio de algo. Y la tentación es aplazar la conversación para un momento mejor, que rara vez llega. Las preguntas que se reciben en el momento en que llegan, aunque la respuesta sea imperfecta y aunque el padre no esté en su mejor momento, tienen más valor que las que se aplazan indefinidamente en espera de las condiciones perfectas para responderlas.
Estar presente en las preguntas de tu hijo no requiere tener todas las respuestas. Requiere estar ahí cuando llegan, no evadirlas, y ser honesto sobre lo que sabes, lo que no sabes y lo que piensas. Eso, que parece insuficiente comparado con la magnitud de las preguntas, es exactamente lo que más necesita.
«Las preguntas más difíciles que hace tu hijo no esperan el momento perfecto para responderse ni requieren la respuesta perfecta. Requieren tu presencia, tu honestidad y tu disposición de estar en la pregunta con él aunque no sepas a dónde lleva. Eso es todo. Y es suficiente.»