La historia que los vencedores borraron — Lebo
La historia que los vencedores borraron
Capítulo 1 de 4 · 15 min restantes
Capítulo 1 de 4

Quién escribe la historia y qué decide escribir

4 min de lectura

La frase se atribuye a Churchill, aunque los historiadores no han podido verificarlo con certeza: «La historia la escriben los vencedores.» Como muchas frases que circulan con autoridad de cita, su poder viene de que captura algo que la mayoría de las personas reconoce como verdad antes de haber pensado demasiado en ella. Y en efecto, hay algo cierto en esa observación. Pero también hay algo que simplifica en exceso un proceso considerablemente más complicado y más interesante que la imagen de un vencedor sentado a su escritorio decidiendo qué versión del pasado va a perdurar.

La realidad de cómo se produce el registro histórico es más dispersa y más estructural que esa imagen. No es que los vencedores se sienten a falsificar deliberadamente el pasado, aunque eso ocurre en algunos casos. Es que el conjunto de fuerzas que determinan qué documentos se producen, qué documentos se conservan, qué documentos se traducen, qué documentos se publican, qué documentos se incluyen en los currículos escolares y qué documentos se citan en los trabajos académicos que otros académicos leerán, está sistemáticamente sesgado hacia los grupos que tenían poder, recursos y acceso al registro en el momento en que los eventos ocurrieron.

Las personas alfabetizadas dejan más documentos que las analfabetas. Los grupos con acceso a sistemas de archivo dejan más documentos que los que no lo tienen. Las culturas con tradición de escritura dejan más documentos que las de tradición oral. Las instituciones con recursos para conservar archivos dejan más documentos que las comunidades sin esos recursos. Y los grupos que ganaron las guerras, que sobrevivieron las conquistas, que mantuvieron el control político suficiente para proteger sus propios archivos, dejan más documentos que los que perdieron. El resultado es que el registro histórico que llegó hasta nosotros es una muestra profundamente sesgada de todo lo que ocurrió, y ese sesgo no es neutral: favorece sistemáticamente a los poderosos, a los alfabetizados, a los vencedores, a los que hablaban los idiomas en que se produjo la mayor parte del registro.

💡 El problema no es solo que el registro histórico esté incompleto. Es que las lagunas no son aleatorias. Son sistemáticas: lo que falta tiende a ser exactamente lo que permitiría una comprensión más completa y más equilibrada de lo que ocurrió. Y lo que sobra tiende a ser lo que confirma la perspectiva de quienes tenían el poder de producir y conservar documentos.

Un ejemplo que ilustra esto con particular claridad es la historia de las civilizaciones precolombinas de América. Cuando los conquistadores españoles llegaron en el siglo XVI, encontraron civilizaciones complejas con sistemas de escritura, con registros históricos, con literatura, con conocimiento astronómico, médico y matemático sofisticado. Gran parte de ese registro fue destruido deliberadamente: el obispo Diego de Landa quemó decenas de códices mayas en 1562, convencido de que eran obras del demonio. Otros documentos se perdieron en el proceso de conquista y colonización. Y los que sobrevivieron fueron frecuentemente reinterpretados y mediados por las perspectivas de los propios conquistadores y misioneros que los transcribieron.

Lo que sabemos sobre las civilizaciones precolombinas de América está filtrado en una proporción enorme por las perspectivas de quienes las conquistaron. No solo porque los conquistadores destruyeron documentos, sino porque la mayor parte del registro que sobrevivió fue producido o mediado por personas cuyo interés no era preservar la perspectiva indígena sino justificar la conquista, convertir a los conquistados, o simplemente entender lo suficiente de las culturas que encontraban como para gobernarlas más efectivamente. Es un registro que dice más sobre los conquistadores que sobre los conquistados.

«Lo que no existe en el archivo no es silencio. Es el sonido de todo lo que fue destruido, perdido, ignorado o nunca producido porque las personas que podrían haberlo producido no tenían acceso al registro. Escuchar ese sonido requiere un tipo de imaginación histórica que los documentos solos no pueden proveer.»
Capítulo 2 de 4

Los mecanismos del olvido histórico

4 min de lectura

Hay una distinción importante entre el olvido deliberado, la destrucción activa de documentos o la prohibición de ciertas narrativas, y el olvido estructural, la acumulación de condiciones que hacen que ciertas perspectivas simplemente nunca lleguen al registro de la misma manera que otras. Ambos existen y ambos tienen consecuencias, pero el segundo es más difícil de detectar y más difícil de corregir precisamente porque no requiere intención maliciosa para producir efectos que pueden ser igualmente distorsionantes.

El olvido deliberado tiene ejemplos históricos que son bien conocidos precisamente porque fueron lo suficientemente radicales como para dejar sus propias huellas. La práctica romana de la damnatio memoriae, la condena de la memoria, implicaba borrar el nombre y la imagen de una persona de todos los documentos y monumentos públicos, como si nunca hubiera existido. Los emperadores que caían en desgracia después de su muerte podían ser literalmente borrados de la historia oficial. El estalinismo soviético tenía sus propios mecanismos de borrado: personas que caían en desgracia desaparecían de las fotografías oficiales, de los libros de texto, de los registros del partido. George Orwell, que observó y documentó estos procesos con agudeza, construyó sobre ellos la ficción de 1984 con su Ministerio de la Verdad y su concepto del «agujero de la memoria.»

💡 El borrado deliberado de la historia deja sus propias huellas precisamente porque es deliberado: hay alguien que decidió borrar, y esa decisión, cuando se descubre, dice algo importante sobre el sistema que la tomó. El olvido estructural no deja las mismas huellas porque nadie decidió nada: simplemente ocurrió que ciertas voces nunca tuvieron acceso al micrófono.

El olvido estructural opera a través de mecanismos menos visibles pero igualmente poderosos. Uno de ellos es la economía de la conservación: mantener archivos cuesta dinero, espacio y recursos humanos, y las decisiones sobre qué conservar y qué descartar están influidas por juicios sobre qué es históricamente importante. Esos juicios no son neutrales: tienden a reflejar las perspectivas de quienes los toman, que generalmente son personas de las instituciones con recursos suficientes para tener archivos. El resultado es que los documentos de las cortes reales se conservaron mejor que los de las comunidades campesinas. Los registros de las administraciones coloniales se conservaron mejor que los de las comunidades colonizadas. Los documentos de las instituciones formales se conservaron mejor que los de los movimientos informales.

Otro mecanismo es la economía de la traducción y la publicación. Incluso cuando los documentos existen, su accesibilidad para los historiadores y para el público general depende de si están en idiomas que los académicos leen, de si han sido transcritos de documentos manuscritos difíciles de descifrar, de si han sido publicados en ediciones accesibles. El resultado es que la historia de Europa occidental está infinitamente más accesible en términos de fuentes publicadas y traducidas que la historia de África subsahariana, no porque los eventos europeos fueran más importantes sino porque los incentivos de publicación y traducción estuvieron durante siglos sesgados hacia los idiomas y las historias que el mercado académico dominante demandaba.

Un tercer mecanismo es el de la categorización de fuentes. Los historiadores trabajan con documentos que fueron producidos y conservados, pero también con una tradición académica que define qué tipos de documentos son fuentes legítimas y qué tipos son anecdóticos, folkloristas o poco confiables. Esa tradición ha tendido a privilegiar los documentos escritos sobre los orales, los oficiales sobre los populares, los producidos por instituciones reconocidas sobre los producidos por individuos o comunidades sin estatus formal. Y esa jerarquía de fuentes tiene consecuencias directas sobre qué perspectivas del pasado pueden reconstruirse con rigor académico y cuáles permanecen en el margen.

«La historia que conocemos no es todo lo que ocurrió. Es todo lo que ocurrió más pudo ser documentado, más fue conservado, más fue traducido o transcrito, más fue considerado digno de publicación, más fue incluido en los currículos que formaron a los historiadores que escribieron los libros que leímos. Cada uno de esos pasos filtró algo.»
Capítulo 3 de 4

Lo que los historiadores intentan recuperar

4 min de lectura

La historia académica de los últimos cincuenta años ha sido en parte un proyecto de recuperación: de perspectivas, de voces, de eventos y de interpretaciones que el registro histórico tradicional había marginado o directamente ignorado. Ese proyecto tiene varias corrientes que comparten el impulso de ampliar el rango de lo que cuenta como historia legítima y de quiénes cuentan como sujetos históricos dignos de estudio.

La historia desde abajo, asociada con historiadores como E. P. Thompson en el Reino Unido y Howard Zinn en los Estados Unidos, propuso estudiar la historia no desde la perspectiva de los líderes, los estados y las instituciones sino desde la perspectiva de las personas ordinarias: los trabajadores, los campesinos, los marginados, las mujeres, los colonizados. Thompson, en su monumental estudio sobre la clase trabajadora inglesa, argumentó que las personas ordinarias son agentes históricos con sus propias culturas, sus propias tradiciones y sus propias formas de resistencia que el registro histórico oficial había ignorado sistemáticamente. Zinn, en su influyente aunque controvertida historia popular de los Estados Unidos, reconstruyó eventos conocidos desde las perspectivas de los grupos que las narrativas dominantes habían excluido.

💡 La historia desde abajo no niega que los líderes y los estados tengan importancia histórica. Argumenta que una historia que solo mira hacia arriba, hacia las élites y las instituciones, está viendo la mitad del cuadro. Y que la mitad que ignora no es la mitad menos importante sino la más numerosa y frecuentemente la más afectada por los eventos que la historia oficial narra desde la perspectiva de quienes los decidieron.

La historia oral es otra herramienta para recuperar lo que el archivo escrito no conservó. Al grabar y transcribir los testimonios de personas que vivieron ciertos eventos, los historiadores pueden acceder a perspectivas que nunca fueron documentadas en fuentes escritas porque las personas que las vivieron no tenían acceso al registro escrito, porque sus testimonios no eran considerados relevantes por quienes controlaban ese registro, o simplemente porque ocurrieron en contextos donde la escritura no era la forma principal de transmitir experiencia. La historia oral tiene sus propios problemas metodológicos, la memoria es selectiva y maleable, los testimonios están influidos por lo que ocurrió después de los eventos que describen, los entrevistados tienen sus propios intereses en cómo se cuentan sus historias. Pero provee un tipo de acceso a la experiencia vivida que ningún documento de archivo puede replicar.

La arqueología y la arqueología del paisaje han permitido recuperar información sobre sociedades que no dejaron registros escritos o cuyos registros fueron destruidos. El análisis de los restos materiales, de los patrones de asentamiento, de los sistemas agrícolas, de los objetos cotidianos, puede producir información sobre cómo vivía la gente que ningún documento menciona porque ningún documento fue diseñado para registrar la vida cotidiana de las personas ordinarias. Los pueblos precolombinos de América, las comunidades africanas precoloniales, las culturas de la edad de bronce: todas dejaron huellas en el terreno que los arqueólogos pueden leer con creciente sofisticación aunque los documentos escritos sean escasos o inexistentes.

Sin embargo, y es importante reconocerlo, la recuperación histórica tiene límites que no pueden superarse con métodos más sofisticados ni con más recursos. Hay voces que se perdieron completamente, perspectivas que no dejaron ninguna huella recuperable, experiencias que fueron vividas y transmitidas oralmente durante generaciones y que se extinguieron cuando se extinguieron las comunidades que las portaban. El olvido histórico no es solo parcial: en algunos casos es total, y esa totalidad es también una forma de violencia histórica que el registro de lo que sí existe no puede compensar completamente.

«Recuperar la historia que fue borrada o ignorada no es simplemente un ejercicio académico. Es una forma de justicia: reconocer que las personas que no aparecen en el registro existieron, que sus experiencias importaron, y que la historia que se cuenta sin ellas es una historia incompleta que beneficia a quienes estaban adentro del registro a expensas de quienes quedaron afuera.»
Capítulo 4 de 4

Por qué importa la historia que no conocemos

3 min de lectura

La pregunta que naturalmente surge después de reconocer los sesgos del registro histórico es si importa, en términos prácticos, lo que no sabemos. Los eventos ocurrieron de la manera en que ocurrieron, independientemente de si conocemos todas las perspectivas sobre ellos. Los actores que los protagonizaron tomaron las decisiones que tomaron por las razones que tuvieron, independientemente de si esas razones están bien documentadas. ¿Cambia algo en el presente saber más sobre el pasado que el registro oficial conservó?

La respuesta es que sí cambia, en al menos tres sentidos que son directamente relevantes para el presente. El primero es que la historia que se enseña forma las categorías con que las personas interpretan el mundo que habitan. Las narrativas sobre el pasado no son solo relatos sobre lo que ocurrió: son marcos que organizan la comprensión de por qué el presente es como es, quiénes son los agentes del cambio y quiénes los receptores pasivos, qué tipos de acción son posibles y cuáles están fuera del rango de lo imaginable. Una historia que excluye sistemáticamente la agencia de ciertos grupos produce una comprensión del presente que hace a esos grupos invisibles como fuerzas de cambio.

💡 Las narrativas históricas son tecnología política activa, no simplemente relatos sobre el pasado. Determinan qué se considera posible en el presente porque el presente siempre se interpreta en relación con la historia que se conoce. Cambiar qué historia se conoce cambia qué se considera posible.

El segundo sentido en que importa es el de la justicia histórica y sus implicaciones actuales. Muchas de las desigualdades del presente son el resultado de procesos históricos que el registro oficial describe de una manera que tiende a naturalizar esas desigualdades o a hacerlas aparecer como resultado de diferencias de capacidad o de cultura en lugar de de políticas específicas con consecuencias documentables. Recuperar esa historia no resuelve las desigualdades actuales por sí sola, pero sí cambia los términos de la conversación sobre sus causas y sobre qué tipos de respuesta podrían ser apropiados.

El tercer sentido es el epistemológico: reconocer los sesgos del registro histórico es una forma de cultivar humildad sobre la certeza con que se conoce el pasado, y esa humildad tiene consecuencias sobre cómo se razona en general. Las personas que entienden que el registro histórico es parcial y sesgado tienden a ser más escépticas sobre las narrativas simples y más receptivas a la complejidad. Y esa disposición al escepticismo sobre las narrativas simples, cultivada en el terreno de la historia, se transfiere a otros dominios donde las narrativas simples también tienden a ocultar más de lo que revelan.

La historia que los vencedores borraron no es simplemente una injusticia del pasado. Es una deuda cognitiva que el presente carga: una comprensión del mundo construida sobre una muestra sesgada de la experiencia humana, que produce puntos ciegos sobre quiénes son los agentes del cambio, qué tipos de resistencia y de construcción son posibles, y qué versiones del futuro están disponibles. Recuperar esa historia, en la medida en que es posible, no es nostalgia ni corrección política. Es simplemente intentar ver con más claridad.

«No sabemos todo lo que no sabemos. Eso es precisamente el problema. El conocimiento de nuestra ignorancia histórica no nos dice lo que falta, solo que falta algo. Y ese algo no es simétrico con lo que tenemos: es sistemáticamente lo que habría cambiado la historia si hubiera estado disponible.»