Cuándo el crecimiento se convierte en el objetivo
Hay un momento en la historia de muchas empresas que en retrospectiva se reconoce como el punto de inflexión, aunque en el momento en que ocurre nadie lo identifica como tal. Es el momento en que crecer deja de ser el resultado de hacer bien lo que se hace y se convierte en el objetivo en sí mismo. Antes de ese momento, la empresa crece porque tiene clientes satisfechos que vuelven y que recomiendan, porque resuelve un problema real de manera suficientemente buena como para que la gente quiera pagar por esa solución, porque construyó algo que tiene valor genuino en el mercado. El crecimiento, en esa etapa, es una consecuencia.
Después de ese momento, el crecimiento se convierte en la causa: en el criterio por el cual se toman las decisiones, en el número alrededor del cual se organiza la empresa, en la métrica que determina si todo lo demás está bien o mal. Y eso cambia fundamentalmente la lógica con que se operan las cosas. Cuando el crecimiento es consecuencia, las preguntas que guían las decisiones son «¿esto mejora lo que hacemos?» y «¿esto sirve mejor a los clientes que tenemos?» Cuando el crecimiento es objetivo, las preguntas cambian: «¿esto nos hace crecer?» y «¿esto mejora el número?» Y esas dos preguntas producen respuestas diferentes con suficiente frecuencia como para que el cambio importe.
El problema no es que el crecimiento sea malo como aspiración. Las empresas que no crecen en mercados que crecen pierden participación relativa, tienen menos recursos para invertir en mejoras y son más vulnerables a los competidores que sí escalan. El crecimiento tiene valor real y en muchos contextos es una condición de supervivencia, no solo de ambición. El problema es el crecimiento sin dirección: el que no está anclado en una comprensión clara de hacia dónde y para qué, el que se persigue como número abstracto en lugar de como resultado de una estrategia específica.
La historia del comercio y la tecnología de los últimos treinta años está llena de empresas que escalaron de manera impresionante y que en el proceso perdieron exactamente lo que las había hecho valiosas. Groupon llegó a ser la empresa de más rápido crecimiento en la historia hasta ese momento, alcanzando valoraciones de decenas de miles de millones de dólares en pocos años. Pero el crecimiento explosivo requirió una expansión geográfica tan rápida que la empresa no pudo mantener la calidad de los negocios con los que trabajaba ni la experiencia de los clientes que atraía. El número subió. El negocio se deterioró. Y cuando el crecimiento se detuvo, lo que quedó era una versión reducida de lo que la empresa había prometido ser.
WeWork es otro caso que ilustra el patrón con particular claridad. En sus primeros años, WeWork tenía algo genuinamente valioso: espacios de trabajo compartido bien diseñados, con comunidad real y con un modelo que funcionaba en las ciudades donde operaba con densidad suficiente. El problema fue que el mandato de crecer a cualquier costo llevó a la empresa a abrir ubicaciones en mercados donde ese modelo no tenía la misma viabilidad, a firmar contratos de arrendamiento de largo plazo que generaban compromisos fijos en un modelo de ingresos variable, y a diversificarse en áreas, escuelas, apartamentos, gimnasios, que no tenían relación clara con la ventaja competitiva original. Cuando el mercado de capital se endureció y el crecimiento ya no podía financiarse externamente, lo que quedó visible era un negocio con pérdidas masivas y sin un núcleo claro de por qué debería ser rentable.
«El crecimiento rápido puede ocultar durante años los problemas estructurales de un negocio, porque mientras el número sube hay capital disponible para financiar las pérdidas y hay entusiasmo suficiente como para que nadie haga las preguntas difíciles. Pero el crecimiento no resuelve los problemas estructurales. Solo los pospone y con frecuencia los amplifica.»
Lo que se pierde cuando se escala antes de tiempo
Hay cosas que son posibles cuando una empresa es pequeña y que se vuelven imposibles, o muy difíciles, cuando escala. Algunas de esas cosas son limitaciones que el crecimiento resuelve correctamente: una empresa pequeña no puede atender a un cliente grande, no puede invertir en infraestructura que requiere escala, no puede contratar al tipo de talento que solo se mueve a empresas con cierta solidez. Esas limitaciones desaparecen con el crecimiento y está bien que lo hagan.
Pero hay otras cosas que desaparecen con el crecimiento que no deberían, porque son exactamente lo que hacía a la empresa valiosa. La densidad de comunicación de un equipo pequeño, donde todo el mundo sabe lo que está haciendo todo el mundo y la coordinación ocurre de manera casi orgánica, no sobrevive al crecimiento sin sistemas deliberados que la reemplacen. Y esos sistemas, cuando se diseñan mal o cuando se implantan antes de que la organización esté lista para ellos, generan burocracia que ralentiza la toma de decisiones sin reemplazar la agilidad que se perdió.
La cultura es lo que más frecuentemente se pierde en los procesos de escala acelerada. La cultura de una empresa no es el documento de valores que cuelga en la pared de la oficina. Es el conjunto de comportamientos que las personas exhiben cuando nadie las está mirando, las decisiones que se toman en los márgenes donde no hay regla explícita, la forma en que se trata a los clientes cuando no hay un protocolo que lo especifique. Esa cultura se construye lentamente, a través de la acumulación de decisiones y comportamientos que establecen qué es normal en esta organización. Y se puede destruir rápidamente cuando el crecimiento requiere contratar a mucha gente en poco tiempo, porque las personas nuevas no tuvieron el tiempo de absorber la cultura existente antes de que ya hubiera otra oleada de personas nuevas que tampoco la tienen.
También se pierde frecuentemente la claridad sobre el cliente. Las empresas que empezaron sirviendo a un tipo específico de cliente, con un problema específico, tienden a tener una comprensión muy profunda de lo que ese cliente necesita y de cómo servirlo bien. Cuando el imperativo de crecimiento lleva a la empresa a expandirse hacia clientes diferentes, con problemas diferentes, esa profundidad de comprensión no se transfiere automáticamente. La empresa que era extraordinariamente buena sirviendo a un segmento específico se convierte en mediocremente buena sirviendo a varios segmentos, porque la atención y los recursos que antes estaban concentrados ahora están distribuidos.
El caso de Starbucks en los años 2007 y 2008 ilustra este punto de manera que el propio Howard Schultz documentó en detalle. La expansión agresiva que siguió a la primera gran fase de crecimiento de la empresa llevó a abrir tiendas en ubicaciones que no cumplían con los estándares originales, a automatizar procesos que antes eran artesanales, y a un crecimiento del menú que diluía la identidad de la marca. Cuando Schultz regresó como CEO después de un período de ausencia, describió lo que encontró como una empresa que había sacrificado lo que la hacía especial en el altar del crecimiento. La recuperación requirió cerrar miles de tiendas, rediseñar procesos, y reconectar a la organización con su propósito original.
«Escalar prematuramente no es solo crecer demasiado rápido. Es crecer antes de haber resuelto lo suficientemente bien los problemas fundamentales del negocio como para que el crecimiento los amplíe en lugar de amplificarlos. La empresa que escala un modelo roto escala los problemas junto con los ingresos.»
La diferencia entre crecer bien y simplemente crecer
La distinción entre crecimiento con dirección y crecimiento sin ella es más práctica de lo que parece cuando se la formula de manera abstracta. Se manifiesta en decisiones concretas que se toman todos los días en las organizaciones: qué clientes aceptar y cuáles rechazar, qué mercados entrar y cuáles evitar, qué líneas de producto desarrollar y cuáles no, con qué velocidad contratar y qué tan selectivos ser en el proceso.
Las empresas que crecen bien tienden a tener respuestas muy claras a una pregunta que las que crecen sin dirección no pueden responder con precisión: ¿en qué somos genuinamente mejor que cualquier alternativa disponible para algún tipo específico de cliente, y por qué? Esa pregunta es incómoda porque excluye. Decir «somos genuinamente mejores en X para Y tipo de cliente» implica decir que probablemente no somos los mejores para otros tipos de clientes y que probablemente hay cosas que otras empresas hacen mejor que nosotros. Y esa exclusión, que es la base de cualquier estrategia real, se resiste con frecuencia en nombre del crecimiento: si rechazamos a ese cliente porque no es nuestro cliente ideal, estamos dejando ingresos sobre la mesa.
Las empresas que crecen bien también son más conservadoras en sus proyecciones. Las organizaciones donde el crecimiento se convierte en objetivo tienden a producir proyecciones optimistas que reflejan lo que el liderazgo quiere que ocurra más que lo que la evidencia disponible sugiere que va a ocurrir. Y esas proyecciones optimistas guían decisiones de contratación, de inversión y de expansión que asumen un nivel de ingresos futuros que con frecuencia no se materializa. Cuando los ingresos no llegan según lo proyectado, la organización ya creció más de lo que el negocio real puede sostener, y la corrección es dolorosa.
El crecimiento que se sostiene tiende a ser el que está jalado por la demanda real en lugar del que está empujado por la ambición del liderazgo o por el capital disponible. La diferencia entre los dos es que el primero produce señales claras de que el mercado quiere más de lo que se está ofreciendo, mientras que el segundo requiere crear artificialmente demanda para justificar el crecimiento que ya se decidió tener. Y las organizaciones construidas para servir demanda real son más robustas que las construidas para generar demanda artificial, porque cuando las condiciones cambian, las primeras simplemente ajustan el ritmo mientras que las segundas frecuentemente colapsan.
«El mejor indicador de que una empresa está lista para crecer no es que haya capital disponible para financiarlo. Es que los clientes existentes están satisfechos de manera consistente y que hay demanda insatisfecha real de más de lo que la empresa ya ofrece. Esa señal no tiene sustituto.»
Cómo crecer con dirección en lugar de simplemente crecer
Crecer con dirección no significa crecer lentamente ni ser conservador por principio. Significa tener suficiente claridad sobre qué se está construyendo como para que las decisiones de crecimiento, qué contratar, qué expandir, qué mercados entrar, refuercen esa dirección en lugar de dispersarla.
El primer elemento de esa claridad es una definición precisa del cliente para quien se está construyendo. No «empresas medianas» ni «personas que quieren vivir mejor», sino una descripción suficientemente específica como para que sirva de filtro real en las decisiones cotidianas: qué tipo de empresa, en qué industria, con qué problema específico, en qué momento de su evolución. Esa especificidad permite decir que sí y que no de manera consistente, que es la condición para construir algo que sea genuinamente bueno para alguien en lugar de mediocremente aceptable para muchos.
El segundo elemento es una teoría explícita de por qué el crecimiento que se está persiguiendo va a reforzar la ventaja competitiva en lugar de diluirla. Esa teoría no tiene que ser sofisticada, pero tiene que existir y tiene que ser honesta. Si la empresa es mejor que las alternativas porque tiene un equipo con experiencia muy específica y porque esa experiencia produce resultados superiores, entonces el crecimiento que requiere contratar rápidamente a mucha gente con menos experiencia específica está en tensión directa con la fuente de la ventaja. Ese conflicto no significa que el crecimiento sea incorrecto, pero sí significa que necesita gestionarse de manera explícita, no ignorarse en nombre de los ingresos proyectados.
El tercer elemento es la capacidad de medir no solo el volumen del crecimiento sino la calidad de lo que se está construyendo mientras se crece. Eso significa tener indicadores que capturen si los clientes nuevos son tan satisfechos como los clientes originales, si el equipo nuevo está tan alineado con la cultura como el equipo original, si los mercados nuevos son tan rentables como los originales, si la calidad del producto o del servicio se mantiene a medida que escala. Sin esos indicadores, el crecimiento de volumen puede convivir durante meses con el deterioro de lo que hace valiosa a la empresa, y ese deterioro solo se hace visible cuando ya causó daño difícil de revertir.
El cuarto elemento es la disposición de reducir la velocidad del crecimiento cuando esos indicadores de calidad señalan que la organización está llegando a sus límites. Esa disposición es difícil de mantener cuando hay capital disponible que presiona hacia el crecimiento, cuando los inversores esperan el número del trimestre, o cuando el liderazgo ha invertido su identidad en la narrativa del crecimiento acelerado. Pero es exactamente lo que separa a las empresas que construyen algo duradero de las que crecen espectacularmente y luego colapsan dejando muy poco que sobreviva al colapso.
«Crecer bien requiere saber cuándo frenar. No por conservadurismo, sino porque hay momentos en que la organización necesita consolidar lo que tiene antes de poder expandirlo sin deteriorarlo. Esa capacidad de frenar deliberadamente cuando hay presión para acelerar es una de las formas más claras de liderazgo estratégico, aunque desde afuera pueda parecer lo contrario.»
Las empresas más admiradas a largo plazo no son necesariamente las que crecieron más rápido. Son las que crecieron de manera que construyó algo que el tiempo fortaleció en lugar de debilitar. Esa diferencia no es accidente ni suerte. Es el resultado de haber tenido suficiente claridad sobre qué se estaba construyendo como para que las decisiones de crecimiento, tomadas una por una durante años, empujaran siempre en la misma dirección.
